Powered by
CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Diversión

Aunque no para todo el mundo ni en la misma medida, el verano es tiempo de vacaciones y estas van asociadas a la idea de diversión. Y es de esto, y de su aparente contrario, el aburrimiento, de lo que me gustaría hablar hoy. Siempre que alguien me propone hacer algo divertido que no me atrae lo más mínimo me acuerdo del libro de Foster Wallace “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, sobre su estancia en un crucero de lujo. Y también me acuerdo de aquello de Baudelaire de que es mejor trabajar que divertirse porque esto último aburre más. Y es que lo que a unos divierte a otros aburre soberanamente y a la inversa. A Pascal su padre lo castigaba con no hacer ejercicios de matemáticas.

La diversión nos aparta de lo cotidiano. Recordemos al respecto la distinción latina, entre el ocio y el negocio, es decir, entre el tiempo libre y el tiempo de trabajo.

Así que cuando alguien —algunos hay— se divierte trabajando, queremos decir que disfruta con lo que hace, pero no se trata propiamente de diversión. Esta supone evasión. Ahora bien, yo veo tres formas de evasión diferentes. En la primera, quien se evade lo hace recorriendo una vida a veces más auténtica que la habitual, a veces complementaria de esta. Cuando alguien en su tiempo libre explora ciertos libros, se interesa por determinadas películas o entra en contacto con la naturaleza, está tratando con deleitosas y enriquecedoras entidades. Sería forzar las palabras, por muy bien que se lo pase, decir que se divierte. La diversión abarcaría, a mi juicio, solamente los otros dos tipos de evasión. Uno sería el entretenimiento alegre, descansado, jovial e intrascendente. Una partida de ajedrez carente de pretensiones, un juego, un deporte, entrarían en esta categoría. El otro sería la evasión como huida, como modo de no escuchar voces interiores que podrían surgir en el tiempo en que no estamos ni trabajando ni dedicándonos a algo que nos apasiona ni con un descanso entretenido. Hoy día tenemos a mano, nunca mejor dicho, el instrumento que nos proporciona esta diversión: el móvil. El scroll que se hace en él supone, según se confiesa, una pérdida de un tiempo que se pasa volando y en el que cualquier vacío que uno pueda tener queda taponado. Pero esta diversión no es nueva, y las mismas cosas ligadas al entretenimiento positivo del que hablábamos pueden funcionar de este modo. Pascal —el mismo al que su padre prohibía hacer ejercicios de matemáticas como castigo— advertía en el siglo XVII contra el divertissement como mecanismo para escapar a las preguntas vitales que uno se hace si se encuentra a solas consigo mismo. Pero leyendo los Pensamientos de Pascal vemos que esos juegos parecían tener más éxito que los nuestros y que el hombre no se quedara ante el espejo. ¿Qué hubiera visto un hombre del siglo XVII en el espejo y qué ve ahora? Según Pascal, lo que hubiera visto —y lo que escondía tras las ocupaciones y las diversiones— era la miserable condición humana. Hoy es el vacío, la ausencia de experiencia. La consecuencia es entonces el aburrimiento. Parece haber un consenso en que el aburrimiento tal como lo conocemos es un fenómeno moderno que aparece en el paso del siglo XVIII al XIX, a las puertas del Romanticismo. Hoy día hay todo un ámbito de investigación denominado los “Boredom Studies” —“Estudios del Aburrimiento”—. Pero de eso hablaremos otro día.