Os habéis preguntado cuántas veces usáis el verbo disfrutar cada día? Seguro que muchas. Es más, incluso en los momentos más históricos como en el pasado eclipse, la palabra más repetida que definía el plan de presenciarlo era el de “disfrutar”. ¡Qué pequeños somos, ante la inmensidad del ansiado disfrute! Como si ese participio conjugado en diferentes tiempos nos llevara al sumun. ¡Palabras, of course! Porque resulta que disfrutar entra dentro de tantas sensaciones buenas que todos queremos sentirla sempiternamente desde la bondad, claro. ¿Pero, cómo deberíamos catalogar el hecho del gozo sentido cuando un/a asesino/a mata o un violador viola? ¿Cómo entender que esas personas están disfrutando con el sufrimiento de otros-as? Hasta ahora no hay constancia de que lo intangible del alma humana se pueda estudiar, pero lo que sí es perceptible es que no hemos cambiado ni un ápice en la búsqueda, porque la experiencia demuestra que nadie es tan cruel como el sentimental desilusionado que no disfruta. Es entonces cuando el destino se ríe de nuestro uso del verbo disfrutar, creyendo que cada ser tendrá el lugar que se haya merecido con su disfrute personal. Haced el equipaje, disfrutad, disfrutad.