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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Dios es un garbanzo tierno

He probado los garbanzos tiernos. Por primera vez en mi vida, ¡a los 53 años! Y al fin sé que Dios es un garbanzo, uno muy tierno, ternísimo. También he visto salir el sol por encima de la sierra de Huebras y describir un semicírculo perfecto, antes de ponerse en los majestuosos Campos de Hernán Pelea; un día entero que algunos tildarán de asueto y que yo entiendo como la página de un libro. Cuando se ha hecho de noche, he planeado sobre un cuerpo desnudo, repitiendo sin cesar “Te quiero. Te amo. Te deseo. Te necesito”. Dos vuelos en un intervalo de apenas unos minutos, lo mismo que cuan-to tenía 15 años. Al principio, he pensado que moriría por hacerlo todas las noches, todos los días. Luego he caído en la cuenta de que solo vivo para ello.

Por la mañana, mientras salía el café, me han preguntado si teníamos planes. Empleando justo esa forma verbal con la que al fin he entendido a qué se refiere el Salmo 23. No le he dicho “Volver a la cama”; no le he dicho “Viajar a algún pueblo con mar”; no le he dicho “Lo que a ti te apetezca” o “Ahora lo pensamos” o “Déjame que termine antes unas cosillas”. Le he dicho “Te quiero”, el te quiero manso que expresa un cervatillo para agradecer a su madre las coordenadas exactas de unos tallos tiernos, de otro Dios. Y el beso que me ha dado a cambio todavía me sabe a gloria.

Fuera, en la calle, no hacía calor. La radio aseguraba que sí y nos encomendaba a buscar una buena sombra. Pero lo cierto es que la radio no siempre lleva razón. Nos acompaña, nos entretiene, nos ayuda a escapar de círculos viciosos, de los malditos círculos viciosos, pero lo cierto es que la radio, la bendita radio no siempre lleva razón. Distraídos con ese sol amable hemos echado las primeras horas de la mañana: un café con su tostada, otro café tras la compra en el mercado, un beso cómico con el que tratar de imitar el beso cósmico que una pareja de adolescentes se daba en la mesa contigua a la nuestra y voilá: la primera cervecita en la que vive un Dios descamisado, en calzones. ¿Y qué se le dice a un Dios de esa guisa? Exacto, que se ponga otra. El arroz con sepia, rape y gambones me ha salido riquísimo y la siesta, aunque no ha sido igual que la que le presumimos a ese par de adolescentes de la mesa contigua en el café, no ha estado nada mal, como si tuviera 53 años sanos.

He vuelto a decir “Te quiero”. Esta vez a un viejo amigo al que necesitaba decir “Te quiero”. Quitando los del cervatillo a su madre y algunos más, los “Te quiero” suelen responder a una suerte de intercambio. Ni por asomo quiero decir con esto que no sean sinceros o que en tal declaración prime exclusivamente el interés. Digo que de manera natural, impulsiva, innata, intrínseca, la mayoría de los “Te quiero” tienden a nacer de una clamorosa falta de aire y que, en ocasiones, en demasiadas ocasiones, nos empecinamos en mostrarnos tan tercos y rácanos que terminamos muriendo asfixiados. Con ese “Te quiero” todavía en la boca, he preguntado en casa si apetecía un baño en las Juntas de Miller y hasta los perros han respondido que sí.

¿Saben ustedes lo que es enfrentarse a un deseo irrefrenable? A mí, la primera vez, me ocurrió en Úbeda, en una confitería de la Corredera de San Fernando, concretamente. Se trataba de un bombón de chocolate blanco y queso añejo, se trataba de un Dios presente y resucitado tras un cristal, reflejando el calvario de la hora: poco más de las tres de la madrugada; reflejando el calvario del negocio cerrado, de mi antojo denegado; el calvario de meterme en la cama sin ese bocado, con la cruz de su ausencia en mi paladar, en mi estómago. Bien, pues esta tarde en el río, viendo chapotear al cuerpo desnudo sobre el que planeo de vez en cuando, a la persona que, por la mañana, me preguntaba si teníamos planes, he recordado los cientos de sábados que llevo junto a ella y los cientos de bocados que sí he dado. Y todo lo que le pido a un garbanzo tierno es que me permita otros tantos, con sus lunes incluidos.