Diez años sin Umberto Eco
Se cumple una década sin Umberto Eco. Quizá su nombre nos lleva inicialmente a “El nombre de la rosa” pero fue mucho más que un novelista. Tampoco las aventuras de Guillermo de Baskerville y Adso de Melk en la fría abadía benedictina son el culmen de su trayectoria. De hecho, solía afirmar que al ser su primera novela era la peor. Además, en alguna entrevista dejó caer que “ahora trabajo ya en cosas serias. No es necesario que uno escriba dos novelas en su vida”. Con un toque de humor, quizá incomprendido, anotaba como germen de la idea de la novela un “tenía ganas de envenenar a un monje”. Tal afirmación le costó la condena de “L’Osservatore Romano” sin que ello haya intervenido en el éxito abrumador de la novela acrecentado, sin duda, por la película de Jean-Jacques Annaud en 1986, seis años después de la edición del libro por Bompiani.
Eco, filósofo, semiólogo, bibliófilo, crítico y ensayista, dejó una completa visión del presente escribiendo sobre el pasado. En sus ensayos descubrimos cómo se enfrenta a la historia del arte y la cultura contemporánea. Una de sus teorías, sorprendente para el momento en que la propuso, era el concepto de obra abierta. Afirmaba que, ante una obra de arte, tanto el autor como el receptor son relevantes y de ahí que existan tantas obras de arte como espectadores. Además, incluyó entre sus estudios textos e investigaciones sobre prensa, televisión, comics o cine sin dejar de lado ninguna faceta de la cultura con la que relacionar el pasado, presente y futuro de nuestra civilización.
Al hablar de los medios de comunicación criticaba que violaban legalmente nuestra intimidad e, incluso, podían llegar a ser una amenaza para la democracia. No me resisto a reproducir una frase que podría ser premonitoria: “La civilización democrática se salvará únicamente si se hace del lenguaje de la imagen una provocación a la reflexión crítica, no una invitación a la hipnosis”. Estos postulados como algunos otros en los que ya adelantaba las posibilidades y limitaciones del lenguaje informático lo colocan como visionario de esa realidad que vivimos. Ya a mediados de los 70, hablaba de la crisis ecológica y de una cierta regresión o transición en nuestra historia. Conocemos el origen, pero no el destino de la Humanidad, decía en “La nueva Edad Media”, uno de sus interesantes ensayos junto con “Diario mínimo”, “La definición del arte”, “Desde la periferia del imperio”, “Kant y el ornitorrinco” o “Cinco escritos morales” por citar solo algunos.
A pesar de sus opiniones respecto a la posibilidad de escribir más novelas, sí que continuó con ellas. Recordemos “El péndulo de Foucault” con toques, de nuevo, relativos a las ciencias antiguas y los nigromantes, “La isla del día de antes”, —una pincelada kafkiana—, “Baudolino”, al estilo de las novelas picarescas, “El cementerio de Praga” o “Número cero” —un avance de las fake-news— sin olvidar que en 2011 reelaboró pasajes de “El nombre de la rosa” para acercarla a las nuevas generaciones.
Con motivo de los diez años de su marcha se ha editado “La humana sed de los prólogos” que recoge sus aportaciones en forma de prólogos y epílogos de diversas obras y, próximamente, una colección de sus artículos de prensa. Un compendio, en suma, que nos muestra como supo anticiparse a su tiempo e imaginar el mundo que vendría.