Hemos podido comprobar que actualmente, en lo que se conoce como la sociedad de la información, las opciones de identidad son cada vez más complejas. En la sociedad tradicional, el sistema social se sostenía en una sencilla estructura cuyas instituciones sociales imprimían una férrea coacción a sus miembros. En esas sociedades era poco menos que imposible hablar de autonomía personal. El sistema de valores era uno y en él había que orientarse. Pero con la tradición moderna cambia el sentido del modo de estar el hombre en la sociedad, diversificándose el sistema moral y proliferando nuevos valores y códigos de conducta. Estos cambios sociales han afectado a todos los ordenes de la vida pública y privada, consolidado, al menos en las sociedades occidentales, la libre iniciativa de las personas donde toman sentido disposiciones y actitudes críticas y, sin duda, también contradictorias. Cabe destacar del proceso modernizador la generalizada toma de conciencia ciudadana por la cual se valora la autonomía de las personas y la idea de democracia como asunto colectivo. En este sentido, cabe admitir que la interacción generacional, desde una perspectiva constructiva, es un proceso absolutamente necesario en la actualidad y que debe estar basado en el respeto al otro y en la construcción de un diálogo crítico acerca de las realidades que distinguen y comparten los grupos generacionales. Paulo Freire, pedagogo brasileño, ya avanzaba la necesaria configuración de este diálogo como espacio pedagógico para propiciar este encuentro. Este pensamiento nos lleva a entender que la identidad generacional se configura mediante la diferenciación de generaciones y que todas ellas ocupan un lugar específico en la sociedad, por lo que se considera absolutamente pertinente el abordaje de la sucesión generacional, a sabiendas de que en este proceso encontraremos momentos de continuidad y de ruptura. El mero hecho de que los seres humanos, por naturaleza, tienden a relacionarse unos con otros genera procesos de acercamiento y afinidad entre las personas a la vez que distanciamientos, cuestiones ambas propias de la convivencia humana. Vivimos en una sociedad en la que la tendencia al envejecimiento de la población pone de manifiesto que diferentes generaciones están conviviendo en un mismo espacio social, es decir, entre las posturas tradicionalista de los mayores y las necesidades de participación activa de los jóvenes, lo que supone que germinen diferencias pero también complementariedades. Todo ello entraña un consenso político, un pacto social y de acuerdos entre generaciones, pero también desacuerdos y disyuntivas en el seno familiar, en el contexto y en el conjunto de la sociedad, para visualizar como se reconocen a sí mismas las generaciones y como trasmiten sus saberes y sus memorias, para garantizar una transición intergeneracional que rompa la rigidez entre generaciones y promueva la visión integradora de todas las edades. La necesidad de un diálogo activo entre generaciones se encuentra socialmente insatisfecha. Por ello es necesario acometer la implantación, desde el ámbito educativo y sociopolítico, de programas intergeneracionales con una perspectiva crítico-reflexiva, que ofrezcan múltiples oportunidades para promover el respeto, la interdependencia y la cooperación intergeneracional pero, sobre todo, un ofrecimiento a la comprensión de las diferentes generaciones, a la modificación de actitudes y valores y a la aceptación de los que ya se poseen para favorecer la transformación.