Ni qué decir tiene que me preocupa la tormenta de arena que se nos viene encima. El peligro procede del fascismo y confío en que los mecanismos de defensa de la democracia sirvan de contrapeso a una corriente tumultuosa que reniega de la democracia y pretende restablecer un sistema político que no necesita de golpes de estado ni rupturas radicales, solo necesita plagarlo de un capitalismo salvaje. ¿Acaso puedo desentenderme de una actualidad que empieza a estar desenfocada por el abandono de las clases trabajadoras y de los sectores industriales con derechos? Confiamos la convivencia a un sistema democrático que nunca ha visto con buenos ojos a quienes ponen en riesgo los principios éticos y los valores igualitarios en los que se basa su Constitución y sus normas fundamentales.
El primer compromiso que seduce a un ciudadano que deposita su confianza en la democracia pasa porque esta sea permeable a unas clases populares que deben tomar distancia con quienes traten de desviar la intervención del Estado en los servicios públicos y con aquellos que sueñan con imponer un sistema financiero que sustituya al Estado-Nación. No les importa subvertir unos valores democráticos que comienzan a estar en una situación de estabilidad preocupante por la ruptura del orden mundial. Sabemos que su objetivo principal es prescindir de todo aquel que no piense como ellos, aunque aparentemente ignoran que la mayoría de ciudadanos constituimos aún el contrapoder al fascismo, espero que junto al poder judicial y militar. Somos el granero de votos de unas instituciones públicas que sostienen la consolidación el orden democrático. La oposición ultra utiliza la democracia para vivir a costa de ella, cuál parásito oportunista que se mantiene en la política gracias a todo aquello que odia. Las decisiones políticas se han tomado siempre en base a consensos previos, y cualquier movimiento extremista que atente contra ellos, nunca estará a la altura en un país que mayoritariamente detesta el acoso y derribo a gobiernos democráticos. Con el objetivo de debilitar al gobierno legítimamente constituido, imitan prácticas populistas que ni siquiera son las suyas pues son prácticas trumpistas que experimentan pequeños éxitos con los que van adquiriendo pequeñas parcelas de poder que utilizan para poner sobre el terreno medidas que pretenden pasar por “justas e ineludibles”.
Soy consciente de que una democracia equitativa se echa de menos cuando desaparece, no hace falta decir que las organizaciones populistas solo se preocupan de ellas y no les importa el ser y el estar de una ciudadanía que por lo que estamos viendo nunca estará preparada para soportar el yugo populista que no escribe derecha ni una sola línea de una historia que los demócratas deseamos protagonizar sin el más leve asomo de preocupación. Votar a un rancio ideario ultraderechista para encumbrar a quienes desintegran los servicios públicos y potencian con dinero público a hospitales privados, a los toros, a la iglesia católica (España es aconfesional), a las universidades privadas y a todo aquello que favorezca a sus fines resulta repulsivo. No desperdiciemos la oportunidad de apostar por una base social nueva y amplia que crea en la democracia y sueñe con vivir en libertad, sin miedos ni coacciones que deslegitiman mediante bulos la democracia al tiempo que ocultan lo más infame del ultranacionalismo.