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Del fuego de 1933 a las cenizas de Gaza

El 10 de mayo de 1933, las llamas consumieron miles de libros en las plazas alemanas en un intento del régimen nazi por erradicar el pensamiento crítico y la diversidad intelectual. Antes, en 1823, el poeta Heinrich Heine redactó una advertencia de trágica vigencia: “Ahí donde se queman libros, se acaba quemando también a seres humanos”. Casi un siglo después, la historia nos enfrenta a una forma renovada de devastación cultural en la Franja de Gaza. El bombardeo y la destrucción sistemática de universidades, archivos históricos, museos, mezquitas y bibliotecas trascienden el ámbito militar para convertirse en un verdadero culturicidio y educidio. Al arruinar el patrimonio arqueológico e intelectual, no solo se destruyen muros, sino que se busca borrar la memoria colectiva, la identidad y el futuro educativo de un pueblo. La lección de la historia es clara: la aniquilación del patrimonio y del conocimiento es siempre el preludio o la compañía del borrado humano. Proteger la cultura es defender la dignidad viva de los pueblos.