Del dicho al hecho

06 abr 2026 / 08:25 H.
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Del dicho al hecho hay un trecho”. Pocas expresiones tan simples explican mejor lo que ocurre cada vez que Andalucía se acerca a unas elecciones autonómicas. Porque si algo no falta en campaña es el dicho. El hecho, en cambio, sigue siendo más escaso. Entramos en ese tiempo en el que todo se acelera: agendas repletas, titulares constantes, declaraciones cruzadas. Políticos, agentes sociales, medios de comunicación... todos activan su maquinaria para influir, para posicionarse, para no quedar fuera del foco. Nada nuevo. Lo diferente, quizá, es cómo lo recibe quien está al otro lado. La ciudadanía ya no escucha igual. Según distintos estudios sobre confianza institucional en España, más del 60% de los ciudadanos reconoce desconfiar de los mensajes políticos de forma habitual. No es apatía; es aprendizaje. Se ha pasado de oír a interpretar, de creer a contrastar. Además, en una economía como la actual, saturada de información, el ciudadano ya no consume mensajes, los reconstruye: interpreta, cuestiona y adapta lo que recibe, porque cuando todo compite por su atención, entender se vuelve más importante que simplemente oír. Y en ese cambio hay dos claves que marcan la diferencia: autenticidad y forma.

La primera es incómoda porque no se puede improvisar. No consiste en parecer cercano, sino en ser coherente. En sostener una idea cuando deja de ser rentable. En no cambiar de posición con la misma facilidad con la que cambian los eslóganes. ¿Cuántas veces hemos visto propuestas que desaparecen tras el recuento? ¿Cuántas promesas que solo viven lo que dura la campaña? La autenticidad no está en lo que se anuncia, sino en lo que se mantiene. La segunda clave tiene que ver con el cómo. Porque, en un entorno saturado de mensajes, el tono se ha convertido en una herramienta decisiva. Y aquí también hay margen de mejora. El exceso de ruido, la simplificación constante o el enfrentamiento como recurso terminan generando más distancia que cercanía.

¿De verdad alguien cree que gritar más convence mejor? La comunicación pública —en política, en los medios, en cualquier espacio de influencia— debería partir de algo básico: entender a quién se dirige. No basta con hablar; hay que conectar. Y conectar exige algo más que impacto inmediato. Exige claridad, respeto y, sobre todo, intención. No todo mensaje vale. No todo momento es igual. No toda audiencia espera lo mismo. Quizá el mayor error de esta campa- ña permanente en la que vivimos es con- fundir presencia con influencia. Estar no es lo mismo que aportar. Decir no es lo mismo que construir. Y repetir no es lo mismo que convencer. Sucede, que los ciudadanos no hemos dejado de escuchar, hemos aprendido a seleccionar. En un contexto donde la confianza ya no se otorga de partida, sino que se contrasta, cada mensaje debe superar primero un filtro interno: demostrar que merece atención antes incluso de aspirar va ser creído. Por eso, más allá de programas y promesas, hay preguntas que empiezan a pesar más: ¿Quién mantiene lo que defiende cuando deja de ser cómodo? ¿Quién habla igual cuando no hay cámaras? ¿Quién está dispuesto a reconocer un error sin rodeos? Ahí es donde se decide algo más importante que unas elecciones: la confianza. Y esa confianza no se gana en quince días ni en un buen titular. Se construye —o se pierde— con cada decisión, con cada silencio y con cada palabra. Volvemos, así, a esa sabiduría popular que, sin grandes artificios, ya advertía de la distancia entre lo que se dice y lo que realmente se hace. No deja de ser curioso: cuanto más se acorta el camino de las pa- labras, más se alarga, inevitablemente, el de los hechos. Y en ese recorrido —más silencioso, menos vistoso— es donde cada cual termina situándose. Porque, al final, la credibilidad no se construye con pala- bras, sino con decisiones. Y en eso —en sostener lo que se dice cuando ya no es obligatorio decirlo— es donde realmente empieza la política que importa.

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