Veo las calles arder, los destrozos en los comercios y los coches “desaparecidos” entre las llamas y no tengo palabras para decir lo que siento. Pienso en las personas que han perdido su medio para ir a trabajar y el sacrificio que les habrá supuesto poder adquirirlo. Y cuando no me he repuesto de semejante choque, viene uno infinitamente más triste: sesenta y ocho personas nos han dejado para siempre. Ese para siempre que, como es natural, se pasará para los demás, pero será el sello del dolor para sus familias el resto de su vida. ¿Qué pasó? Chocaron dos trenes. ¿En manos de quién estamos? En manos de un ministro que dedica buena parte de su tiempo a las redes sociales y a grabar vídeos en compañía de cómicos de medio pelo. ¿Para qué? Para estar en todo menos en lo que tiene que estar. ¡Un ministerio dotado con el presupuesto más alto dejado en manos de la ineficacia! Explíquele a las familias de los ciento catorce muertos que van en menos de un año, para qué sirve su señoría. Sí ha servido para mucho: para poner en valor a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Para ver que sí funciona la sanidad y existe la solidaridad. El circo es un espectáculo maravilloso, pero en su lugar.