Hay primeras veces que no se olvidan. La primera vez que uno ve el mar, que se sube a un barco o a un tren, que da un beso enamorado, o que se implica un poco más que eso, estándolo o sin estarlo. Recuerdo la primera impresión que nos causó a los niños de Segura la llegada de aquellos negros africanos. A los niños y a nuestras madres que los observaban con curiosidad y con cierta ternura. Venían en verano a un campamento próximo al de Río Madera, que desde entonces se llama —y se sigue llamando— “Campamento de los Negros”. Nadie buscaba entonces una intención ofensiva en cada palabra. Eran tan negros para nosotros como blancos seríamos nosotros para ellos. Y con la que está cayendo en Ceuta, una ciudad desbordada por miles de personas y obligada a soportar el abandono y las perversiones políticas de uno y otro lado de la frontera, no sé por qué se me vinieron a la memoria aquellos visitantes procedentes de la Guinea española, incluida Fernando Poo. No venían en pateras ni saltaban una valla. Llegaban en autobús para acampar —como nosotros— en las entrañas de la sierra. Y por supuesto venían como españoles y eran recibidos y uniformados como tales. Después Guinea alcanzó la independencia y, según parece no le faltan recursos y hasta tiene petróleo. Pero buena parte de su población vive en la pobreza y bajo una dictadura familiar. Lo mismo había pasado en el Sáhara español donde se crearon escuelas, hospitales, viviendas y trabajo hasta que España se tuvo que marchar por una marcha verde que nos han vuelto también a recordar. Y unos quedaron bajo el dominio de Marruecos mientras otros terminaron en los campamentos de Tinduf.
Lo cierto es que durante la presencia española mejoraron la sanidad, la educación, el empleo y la vida de muchos habitantes de aquellos territorios. Con todas las objeciones que se quieran, tuvieron estabilidad y recibieron un trato más digno que el que hayan tenido después. Porque no parece que la independencia les trajese la prosperidad prometida. Y, miren por dónde, algunos descendientes de quienes antes venían como españoles se juegan ahora la vida para ser recibidos como extranjeros. O, lo que es peor, utilizados como munición humana y desarmada por los mismos regímenes que los mantienen empobrecidos. Mientras tanto, en España seguimos instalados en el antifranquismo a toro pasado, denostando —sin matices— un régimen desaparecido hace más de cincuenta años, al tiempo que eximimos de esas exigencias democráticas a nuestros vecinos. Con Marruecos todo son consideraciones. Se habla de un socio necesario, se respeta a su rey, se tolera su régimen y se procura no incomodarlo. La falta de libertad preocupa menos cuando median los caladeros u otros intereses. Y, claro, meterse con los muertos —regímenes o dictadores— es bastante más fácil que enfrentarse a los vivos. ¿No sería mejor intervenir, presionar o actuar en esos países para favorecer la democracia, el trabajo y el progreso? Se puede entender la prudencia ante un vecino cuando existen intereses comunes. Lo que no debe confundirse es la prudencia con la debilidad. Lo de Ceuta ha dejado de ser una cuestión de conveniencias más o menos secretas o discretas. Es ya una cuestión de dignidad nacional. Allí España no se juega sólo una frontera con un país, sino el respeto de los demás.