Mi alegación de autoconsumo no prosperó y el tribunal fue implacable. Tres cajas repletas de libros no podían considerarse consumo propio, sino tráfico. Me delató Paz, mi mujer, que en el juicio describió, entre sollozos, el horror que le produjo descubrir en el cajón de mis calcetines un ejemplar de “La Regenta”. Según declaró, ella ya venía sospechando de mí, extrañada por el escaso tiempo que yo dedicaba a las aplicaciones gubernamentales de mi móvil, destinadas a hacernos felices. Mi indiferencia se le antojaba subversiva. Los geos me detuvieron de madrugada, en el chalet de la sierra. En un pispás me esposaron y registraron la casa. Al sacarme a la calle, me topé con personas encolerizadas que me increpaban, al tiempo que hacían directos de Instagram y TikTok. Cuando cargaban las cajas en un furgón, uno de los policías tropezó y derramó el tóxico contenido de la que portaba. La gente enmudeció. Una niña de unos diez años se agachó y recogió del suelo mi manoseada edición de bolsillo de Fahrenheit 451. Me miró y me sonrió, antes de ser regañada por su padre. Ahora cumplo condena en esta isla sin nombre, en una prisión cuyo patio da a un acantilado y al mar. Mis carceleros, por fortuna para mí, no han oído hablar de “El Conde de Montecristo”.