Cuentos Chinos Alcalaínos XXXII

    18 mar 2026 / 08:43 H.
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    Hubo un tiempo, en Alcalá la Real, en el que la vida transcurría sin televisión, ni ordenadores. Las tardes se llenaban de conversaciones en la puerta, con sillas en la calle y niños jugando hasta que anochecía. Cuando alguien hablaba, los demás escuchaban. La atención estaba donde estaba la vida: en el momento presente y en las personas que lo compartían. Los vecinos eran casi familia. Estaban en los nacimientos, en las enfermedades y también en las despedidas. Se compartía el pan, el tiempo y, sobre todo, la compañía. Nadie se sentía realmente solo porque siempre había una puerta cercana a la que llamar. Hoy sabemos más de la vida de alguien lejano que de quienes comparten nuestra escalera. Hemos perdido parte de esa atención plena: incluso entre amigos, a menudo el móvil recibe más miradas que la persona que tenemos enfrente. Si encuentras a alguien que te escuche de verdad —quizá de esos que practican yoga o mindfulness— ya puedes considerarte afortunado. Tal vez el verdadero progreso no sea mirar más lejos, sino volver a mirar a los ojos de quienes siempre han estado cerca. Porque a veces la felicidad vive justo detrás de la puerta de al lado, esperando simplemente que volvamos a llamar.

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