Merece la pena leer el discurso del presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower pronunciado el 17 de enero de 1961 en el que advertía a su nación sobre el peligroso crecimiento del “complejo militar-industrial”, alertando que la fusión entre un inmenso ejército permanente y una vasta industria armamentística amenazaba ya entonces los procesos democráticos. En ese discurso señaló que la alianza entre las empresas privadas y el ámbito militar terminaría dando a estas empresas un poder injustificado que buscaría influir de forma indebida en las decisiones de los gobiernos y esa influencia se extendería más allá de lo estrictamente necesario para la defensa del país. Mostró su preocupación con respecto a la subordinación de las investigaciones científicas y de las decisiones políticas con respecto a los intereses lucrativos de las compañías fabricantes de armamento, a las cuales les interesaría fomentar un clima de constante tensión.
Además de estas advertencias, indicaba el presidente que la única garantía para que esta enorme maquinaria de poder no pusiera en peligro las libertades públicas se debía mantener a una ciudadanía en constante alerta y bien informada.
También le preocupaba que una élite científica y tecnológica con su control especializado y con grandes intereses lucrativos y financieros pudieran dictar también la política nacional con su dependencia gubernamental y sus contratos masivos.
Este discurso, más de medio siglo después de ser pronunciado, está de plena actualidad cuando vemos cómo las empresas armamentísticas multinacionales persiguen el interés estratégico de expandir sus mercados y maximizar beneficios ante las crecientes tensiones influyendo en las decisiones de sus respectivos gobiernos. No hay que mirar más que al último conflicto con Irán. En este caso la guerra con Estados Unidos e Israel ha disparado las cotizaciones y contratos de corporaciones armamentísticas occidentales. Las principales compañías, llamadas de defensa, de Estados Unidos y de Europa han visto revalorizarse sus acciones en bolsa y aumentar su cartera de pedidos de municiones, sistemas de misiles y tecnología. Los contratos estatales se multiplican. Por poner un ejemplo, el Departamento de Defensa de EE. UU., Pentágono, y la multinacional RTX firmaron cinco acuerdos multianuales por hasta siete años. Estos contratos históricos buscan multiplicar por dos o cuatro la producción de municiones estratégicas y sistemas de defensa antimisiles frente a las amenazas y ataques balísticos de Irán. Esta es la misma empresa que consiguió hace meses un contrato de 1.700 millones de dólares para suministrar a España cuatro sistemas de defensa antiaérea y antimisiles Patriot. Los datos en nuestro tiempo muestran que las preocupaciones y advertencias de aquel discurso de Eisenhower están, por desgracia para las democracias del siglo XXI, de plena actualidad. Ahora toca Cuba. Y si Cuba no existiera, no tengan dudas, la inventarían. No nos autoengañemos, necesitan crear un falso relato e inventarse enemigos artificiales para mantener unos contratos armamentísticos milmillonarios, además de aprovechar para robar la riqueza de esas supuestas naciones enemigas. Puede ser en cualquier lugar del mundo, da igual que se llame Irán, Venezuela o Cuba. Lo importante es mantener unos ingresos contantes y sonantes para ese complejo militar e industrial de cuyos peligros advirtió ya hace mucho tiempo Eisenhower en aquel discurso de 1961.
Así se justifica el expolio a otras naciones, inventando enemigos, asustando a la población y metiendo el miedo hasta los huesos a los ciudadanos repitiéndoles una y otra vez que su seguridad está amenazada. De paso consiguen que nadie se pregunte por qué ese gasto no va dirigido a mejorar la sanidad pública, la educación pública o la vivienda. Ahora, la Cuba de los apagones crónicos, la Cuba que dedica 110 millones de dólares a
su defensa es un tremendo peligro para su
seguridad nacional, una amenaza, según
EE. UU., inusual y extraordinaria.