Esta frase podría emplearse en aspectos en los que nos movemos cada día, incluso sin ser practicantes. Cuando la carrera acaba, si se hace disfrutando es cuando llega el sumun. Sobre todo cuando tenemos consciencia de que todos somos contingentes y solo los más capaces necesarios. En este septiembre, aun el disfrute vacacional persiste, pero se bate entre las babas de quienes ya lo han hecho y gustarían de seguir haciéndolo, pero no les queda otra que subirse al tren de la normalidad. Cotidianeidad más que convulsa a la que hay que volver, con problemas y más complicaciones como si viviésemos en un fin de carrera y fuésemos dando las últimas zancadas en un sprint. Dicen que cuando la carrera acaba siempre empieza otra. Y no me refiero solo a la universitaria, sino a la de fondo de la vida misma. No me gusta el horizonte que observo en las noticias, aunque siempre las escucho con las mejores intenciones de sacar lo positivo, pero es que me es imposible obtener algo de luz con el deterioro tan exponencial al que nos estamos enfrentando. Cuando la carrera acabe quiero tener trabajo, una casa, una familia, unas vacaciones, nada especial ¿no?, lo normal diría yo. ¿O acaso es pedir demasiado?