No hay por dónde cogerlo. Se mire como se mire, no se ve otra cosa que un intento de decir a España que Marruecos sigue con su programa de ocupación de Ceuta y Melilla. Es su legítima opción. No coincide con la nuestra, por lo menos con la mía, pero ya lo ha demostrado varias veces desde Sáhara hasta Perejil. Nadie debería extrañarse de estos actos de amenaza constante, es más, ya deberíamos estar acostumbrados todos y, sobre todo, el presidente Sánchez cuya experiencia con el país vecino no puede decir que sea infortunada a la vista de sus actuaciones, pues es imposible olvidar su cambio de “opinión” respecto al Sáhara cuando de manera sorpresiva, sorprendente, inexplicable y, sobre todo, inexplicada, renunció a la línea política de España de los últimos cincuenta años. Solo él supo determinar el error que todos los españoles veníamos cometiendo con respecto al pueblo saharaui, y decidió hacerse el marroquí de la noche a la mañana olvidándose de nosotros y, sobre todo, del pueblo saharaui. Es de suponer que se supo asesorar a través de su teléfono móvil con los mejores diplomáticos de este mundo, pues cambiar de opinión cruzándole la cara a la propia ONU es de una maestría maquiavélica evidente. Tendrá ya preparada su explicación sobre lo ocurrido en Ceuta con la desprotección de la frontera y de la soberanía nacional. Yo conozco ya esa explicación: son cosas del cambio climático.