Está en el sentir social de nuestro tiempo que, conforme las personas vamos cumpliendo años, nos acercamos a la zona de una dimensión desconocida y de gran confusión que, como no te afanes intensamente y te andes espabilada, cuando quieras reaccionar es demasiado tarde y ya te has quedado en la cuneta, fuera de servicio, off, mientras el camino de la vida continúa sin ti.
De ahí que, personalmente, me aferro, cual garrapata a un perro, a las novedades de última hora, a las tendencias de temporada, a las tecnologías —esas que ya no se les puede llamar nuevas, porque ya no lo son tanto— y a las corrientes innovadoras, en un intento, cada vez más agotador, por cierto, de no perder comba, sintiendo, a veces, que la vida misma me va en ello, lo que me lleva a vivir una vorágine de sentimientos contrapuestos. Por eso viene muy bien que, de vez en cuando, nos topemos con circunstancias que favorezcan el tiempo de introspección.
Y esta reflexión interna de sentimientos es lo que me ha causado la exposición fotográfica Edad Dorada, 25 años en Andalucía, que tiene lugar en el salón de la cultura de la Diputación Provincial de Jaén, a la que he tenido la oportunidad de visitar esta semana. Se trata de una preciosa muestra que recoge momentos de ternura, llenos de vida, que irremediablemente te reconducen a un planteamiento interno de los verdaderos valores más importantes del ser humano. Fotografías todas ellas que captan ocasiones en las que habla el corazón, que recogen la ternura de un instante, el poder de un abrazo, expresiones faciales que lo dicen todo.
Esta sensibilidad sólo podría ser captada y transmitida por quienes timonean la Asociación Edad Dorada. Mis felicitaciones a ellos y a todos los que han hecho posible esta exposición de vida. En Jaén hacen falta muchas más iniciativas como esta, que nos alimente el alma y que nos sitúe con los pies en la tierra concienciándonos de lo necesarios que somos para quienes nos rodea.