En una época como la actual en la que nos preparamos para un proceso electoral es muy propio que la clase política tome posiciones sobre temas como la vivienda, las pensiones, la inmigración, la inflación, la corrupción... y elaboren diferentes planes, que supuestamente pretenden comunicar a la sociedad española, profundizando en las ideas y no en enfangar la campaña. Independientemente que dichos planes sean buenos o malos mi preocupación se centra en la incompetencia para debatir temas complejos que requerirían la opinión de expertos y la entereza y el sosiego para tomar las decisiones adecuadas. Sin embargo, ya en precampaña, salen al escenario personas que por razones ideológicas adoptan posiciones radicales, cuando no extremistas, que pretenden dividir a la sociedad en dos bandos: los buenos y los malos. Obviamente los buenos son ellos y los malos los que piensan diferente, aunque estos últimos deciden callar por aquello que se ha venido en denominar la espiral del silencio que no es otra cosa que la ocultación de las opiniones por parte de aquellas personas que creen que son minoritarias por miedo al rechazo social.
Ver hoy un programa de televisión a modo de tertulia política supone, en muchas ocasiones, un ataque a la salud mental del espectador, en el que las opiniones dominantes en manos de personajes llevados por el fanatismo, construyen y montan su verdad como la única válida y denigran a los que piensan diferente. El filósofo Bertrand Russell advertía que muchos de los problemas que hoy tenemos en una sociedad, cada vez más compleja como la nuestra, surgen porque quienes menos saben o están peor preparados suelen mostrarse seguros de sus ideas y así lo trasmiten a sus seguidores, mientras que las personas mejor preparadas tienden a dudar y cuestionar continuamente sus propias conclusiones. Por ello es bueno advertir sobre la tendencia de la clase política en el poder de apropiarse de la libertad de pensamiento para asegurar sus propias ambiciones. En la actualidad ya sabemos que prometer con el bolsillo ajeno es un arte que se acerca a la decadencia, aunque lo veremos con bastante asiduidad en estos próximos días. No es, por tanto, descabellado pensar que estamos ante una situación de complejidad en el ámbito socio-político de tal modo que los cálculos con relación al futuro son singularmente dudosos con un alto porcentaje de asombro y ambigüedad. Tampoco es casual que las personas descontentas en nuestro país, los descontentos en Francia y en otros países a través de algaradas que se suceden a diario, son manifestaciones que están impregnadas por una profunda insatisfacción con las élites gobernantes y con la política en general. Debemos acostumbrarnos a vivir en un mundo complejo, es decir, en un contexto real conformado por multitud de elementos (culturales, sociales, económicos, políticos...) que nos invite a pensar conjuntamente, como indicaba el filósofo y sociólogo Edgar Morin, sobre lo probable, lo improbable y prever la posibilidad de lo imprevisto. En estos tiempos de complejidad necesitamos anudar al hombre con la sociedad y con las instituciones gubernamentales para apostar por una política que busque el desarrollo humano y la esperanza de un mundo mejor, lejos de los que vociferan para ocultar su ineptitud y de los liderazgos sin líderes y los estrategas sin estrategias. Las nuevas generaciones lo agradecerán.