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Con la anciana

Los hospitales son hoteles del dolor. En el hospital el tiempo está detenido. Afuera, en la calle, bulle la vida, que es tiempo en movimiento. El mundo está ahí afuera, lleno de griterío político, bares, avances, conversaciones, y regresiones. La enfermedad lo para todo, es como el paréntesis en la escritura, solo que en ocasiones (desgraciadas ocasiones) ese paréntesis no se cierra nunca: porque llega la muerte. La muerte es el orden permanente. La vida es caos, incertidumbre, alegría, sobresalto, tristeza. La vida se mueve y ocurren cosas. La muerte es orden. Un orden frío. Definitivo. Escribo sobre la pequeña mesa de la habitación de un hospital, en plena noche, mientras un familiar, una anciana, duerme sobre la cama de la habitación, con ese sueño hondo de los enfermos, pero con la irregularidad que provoca la propia enfermedad. La anciana duerme para recoger/recuperar alguna fuerza que le permita seguir viva. Eso es lo que ella quiere: vivir. Desafiando el dolor, la enfermedad, soportando el cuerpo agujereado. Vivir para luchar como una jabata contra la muerte. En su día, como toda niña, como todo niño, pudo hacerse de agua o de piedra, pero ella se hizo de piedra. La anciana tiene casi 100 años y resulta decididamente admirable su resistencia a la muerte, ese empecinamiento a esperar un nuevo amanecer, en el que llegará una enfermera con el antibiótico, otra con las agujas para la analítica de sangre, y alguna con lo que ellas denominan “la torre”, para medir las constantes vitales, la tensión arterial y el ritmo cardíaco, las enfermeras (quizás sea la misma, cada vez hay menos personal en los hospitales), entran con su belleza y su olor a vida, a proyectos, a pálpito de los días, y saludan a la anciana como a una abuela o una amiga. Ahí están las enfermeras, con sus cuidados, su cercanía, y sus artilugios para hacer la prueba del azúcar. Los médicos curan, pero casi no están con el paciente, van de una habitación a otra con su bata blanca y su sabiduría de médicos, pero las enfermeras y las auxiliares pasan mucho rato junto al enfermo, para vigilar “la vía”, ponerle la inyección o traerle el almuerzo.

Entonces la anciana llama a la enfermera “guapa”, y ella responde: “Guapa tú”. La anciana, efectivamente, fue una mujer guapa, muy guapa, que en su adolescencia y juventud paseaba junto a sus hermanas y hermanos por las laderas del Castillo de Jaén, porque sus padres habían comprado una casa cerca de allí para que los hijos respiraran aire puro y crecieran sanos, según la anciana ha contado muchas veces. En aquellos remotos años, ella se ponía una rosa en el pelo, entre su melenón de remorena, y paseaba con sus hermanas entre peñones grises y milenarios hasta poco antes del anochecer, cuando hacía rato que las cigarras habían dejado su monótono canto de verano y desde Jaén subía un rumor de ciudad con calor y, todavía, con pocos coches.

Miro dormir a la anciana y compruebo que es ahora cuando es auténticamente bella con sus ojos de tiempo, con ese rostro por el que ha pasado toda una vida, esos rasgos que se han dulcificado, como toda ella, ahora que ha vuelto a ser niña. Porque la vejez consiste en un progresivo retorno a la infancia. El niño viene de nacer y el viejo va hacia un nacimiento inverso y lleno de incógnitas. Es plena noche en el hospital, ese hotel del dolor, decíamos. La anciana, mi madre, se mueve entre cables y sueros y me dice: “Tráeme un huevo frito con picatostes, que tengo el estómago vacío”.