Compasión no inscribible

18 ago 2019 / 11:07 H.

La compasión no es sólo un sentimiento unipersonal sino que también puede atribuirse o imputarse a una colectividad, algo similar a las doctrinas de Jung sobre el inconsciente colectivo. Así, durante varias décadas, posteriores a la segunda gran guerra, respecto de Alemania y con relación a los crímenes allí perpetrados, se hablaba sin ambages de pecado colectivo, frente a quienes negaban el horror nazi. Tal monstruosidad, al parecer, tiene carácter cíclico “mutata mutandis” que dirían los escolásticos. Hoy día, se asiste al bochornoso espectáculo del “Open Arms”: personas de Eritrea, Etiopia, Egipto, Somalia han de resistir, junto a sus pequeños, no tanto el rigor físico, la desnutrición, la enfermedad sino el rechazo de la colectividad de sus civilizados congéneres, que se manifiestan tanto de manera explícita con la política xenófoba y despiadada de Salvini, como, por omisión, por el silencio de la mayoría de sociedades civiles que proclaman los valores democráticos que la rigen. No se trata de un episodio aislado sino que se cuentan por centenares de miles los fallecidos, ya sea huyendo de la tortura o de la miseria. ¿Dónde se halla la compasión en esta sociedad de mierda? Tal vez, ¿existen en las confesiones religiosas, singularmente en aquéllas en las que prevalecían el “mandatum novun”, es decir, el amor, la caridad cristiana, sobre cualquier otro criterio? Creo que formalmente, sí, pero en la terrible práctica, no. Esto es, no. Hace pocos días, he leído en prensa, que la Iglesia Católica de España, inscribió, en los últimos veinte años, como propios treinta mil bienes inmuebles. Es inaudita la diligencia que ha empleado la jerarquía católica en la recuperación de tierras, templos, palacios valiéndose de una permisiva ley de la dictadura que fue tolerada posteriormente. Es evidente que la compasión no se inscribe en el registro de la propiedad pero se encuentra o debiera encontrarse en el ADN de la espiritualidad del cristianismo o de cualquier otra confesión religiosa que se precie de tal. Por cierto: ¿han oído, aparte de algún comentario de rechazo, políticamente adecuado, casi neutro, reitero, han oído un grito de excomunión en la Italia de Salvini, el cual comulga diariamente según tengo oído? No, pues eso: seamos conscientes de que estamos asistiendo a un nuevo holocausto. Sea por comisión u omisión de las nuevas políticas populistas o abiertamente xenófobas, la historia de la civilización occidental podía reservar análogo sustantivo que ya fue atribuido, directamente a los nazis, y por omisión al pecado colectivo de aquella Alemania. Singularmente, quiero referirme a los países que colindan con el Mediterráneo: corredor de la muerte, el mismo que en la antigüedad fue corredor de la cultura, transito de las expediciones homéricas, espejo de las habilidades de Ulises hacia Itaca. También mar de la evangelización y de la ley del mar que ahora no se cumple.