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Como si empezara

Llueve mansamente, sin estrépito. Y no hay planes a la vista: ninguna boda para la que arreglarse ni ninguna hora a la que presentarse en un sitio. Tengo hechos los deberes que se abren a desbaratar un buen momento y la casa oliendo a café. Podría pedirte que te desnudaras si no estuvieras ya desnuda, sentir que nos hemos ganado el derecho de pensar que lo de fuera es secundario y darlo incluso por perdido, esa posibilidad de lo que se sirven algunas personas para desentenderse, sin atisbo de mala conciencia, de los problemas de otras personas.

Anoche leíste que un señor mayor, aquejado de alzhéimer, había pasado cerca de dos días en el banco de un parque al que solía acudir cuando su mujer y su perra aún vivían y que, antes de aceptar volver a la residencia donde ahora lo cuidan, estuvo vociferando un buen rato el nombre de ambas. Lloras mientras me lo cuentas. Por la felicidad del rescate y por Antonia y Lupita. Así se llamaban. Lloras para que me contagie y te beso los ojos.

Es bonito que sea el camión de la basura el que nos coloca en un nuevo día o, al menos, a mí me lo parece. Y una suerte que aquí, por la trama logística que entraña el lugar que habitamos, pase por la mañana, casi siempre antes de las ocho; poner un pie en la calle cuando aún nadie la ha ensuciado, estrenarla. Me dices que deberíamos aprovechar un claro para sacar a los perros y me propones que encendamos la lumbre, aunque aún no haga frío. Y para chincharte, te digo que esto último lo vienes repitiendo desde finales de agosto.

Anoche, mientras tú leías la historia de ese señor mayor, yo estuve borrando fotos del teléfono, haciéndole sitio a otras fotos. Al principio, el aparato me daba la opción de eliminar algunas tomas repetidas y quedarme con las que él consideraba más correctas. Luego, ante el aviso de que la criba todavía era insuficiente, tuve que seguir seleccionando qué recuerdos abandonaba a su suerte. La mayoría encerraban imágenes como esta: corrientes, habituales, de andar por casa... Si no fuera porque sé que el día menos pensado dejarán de repetirse.

Los perros salen como si llevaran siglos retenidos, ladrándole a sus fantasmas. Y tú te ríes como si se tratara de la primera vez. Ojalá supiera yo también vivir así, como si empezara.

A estas horas y en estas fechas, los bancos de niebla se apoyan en las laderas de las montañas y nos regalan una de nuestras imágenes favoritas. A primera vista, parecen estar quietas, como las de cualquier otro cuadro. ¿Cuántas habremos presenciado? ¿Cientos? ¿Miles? ¿Y cuál de ellas borrarías, a sabiendas de que nunca colgarán en las paredes de ningún museo?

Gillimona se llama la montaña que miramos desde el banco de la era, la montaña que, de vez en cuando, dejamos atrás para caminar por una playa, la montaña a la que ahora se aferra inútilmente la niebla. En alguna ocasión hemos mentado la posibilidad de ascender hasta su cima y descubrir que, pese a su gran altura, desde allí no se ven el mar ni el banco.

Lejos de esta sierra el mundo gira a más de mil kilómetros por hora y ruge como un león metálico. Visto de esta manera, como si nosotros fuésemos su ombligo, nos debería dar miedo y, sin embargo, a veces es justamente esta quietud y este silencio lo que nos aterra y nos empuja a salir de aquí como si lleváramos siglos retenidos. Vemos la cara de la montaña cuando la dejamos atrás y vemos su cara contraria cuando volvemos. Su imagen completa solo se halla al alcance de los pájaros. Lástima que no hablen con nosotros, que empleen un idioma que solo entienden otros pájaros.

Cuando regresamos a casa, además de insistir en que encendamos de una vez la lumbre, propones otro café. Lo haces sin mirarme, mientras te diriges a la cocina, con la misma naturalidad con la que ese señor mayor llamaba en el parque a su mujer y a su perra. Y, de repente, pienso que si tuviera que buscarle un nombre a todo lo que tenemos, a esta segunda cafetera la llamaría Libertad.