Llegaron a un pueblo, “de cuyo nombre no me acuerdo” excusa Cervantes (L. 3º Cap. 10), en cuya plaza encontraron a dos fingidos galeotes, que hacían representación de su cautiverio. La falsedad del teatro fue descubierta por uno de los dos alcaldes. Este sí que había sido cautivo en Argel. Pero confesaron los comediantes tan de plano, hicieron tal defensa de sí mismos y arguyeron con tal alarde la pobreza de su industria —“¡Espúlguenos, señor alcalde, mírenos y remírenos, y haga escrutinio de las costuras de nuestros vestidos y si ... hallare seis reales...!”— que los alcaldes los disculparon y hospedaron de balde. Pidieron salvoconductos a nuestros peregrinos. Persiles vio que Antonio los entregaba. El alcalde primero no sabía leer y los pasó al segundo, que tampoco conocía de letras. Acabaron en manos del escribano, quien los aprobó al punto. Al día siguiente los falsos galeotes y los peregrinos tomaron camino juntos. Observaron unos cómo otros, apartándose algo y destejando un palomar caído y viejo que había cerca, sacaron a la luz del día unas alforjas conteniendo las ganancias que su industria les había procurado hasta la fecha; y que, por su apariencia, eran pingües y bien gruesas.