La cobardía no siempre consiste en salir corriendo. A veces consiste precisamente en quedarse quieto. Quieto cuando sabes que algo no funciona. Cuando una decisión debería tomarse y nadie quiere asumir su coste. Cuando una injusticia se convierte en paisaje. Cuando lo extraordinario se hace cotidiano y terminamos aceptándolo porque protestar cansa, comprometerse incomoda y levantar la voz puede traernos problemas. Quizá esa sea una de las enfermedades de nuestro tiempo: nos estamos acostumbrando. Nos acostumbramos a que la política sea ruido. A que la verdad dependa de quién la cuente. A que un escándalo dure lo que tarda en aparecer el siguiente. A instituciones desprestigiadas, a dirigentes incapaces de reconocer un error y a una sociedad cada vez más polarizada y, paradójicamente, más dócil.
Nos indignamos mucho en WhatsApp y muy poco donde sirve de algo. Y eso también es cobardía. Lo veo también en las empresas. Directivos que saben que una persona no está a la altura y prefieren mirar hacia otro lado. Profesionales que callan en una reunión y critican al salir de ella, y organizaciones que confunden buen ambiente con ausencia de conflicto. La cobardía jaenera consiste en habernos acostumbrado. En protestar en la barra del bar y callar donde corresponde. En indignarnos durante diez minutos y adaptarnos durante diez años. En aceptar aquí lo que no aceptaríamos en nuestra empresa o en nuestra casa. Nos prometieron infraestructuras y aprendimos a esperar. Vimos marcharse talento y aprendimos a despedirlo. En Jaén hemos convertido demasiadas anomalías en costumbre. Llueve con fuerza y algunas calles vuelven a anegarse, como si nunca hubiera llovido antes. Pisas una baldosa y te escupe agua hasta el tobillo. Maldices y sigues andando; esa baldosa seguirá allí, esperando al siguiente.
Buscas un taxi cuando más falta hace y encontrarlo puede convertirse en un acto de fe. Haces una gestión administrativa y la cola parece formar parte del procedimiento. Y aquí nunca pasa nada. No porque no pasen cosas, sino porque hemos aprendido a asumirlas. Hasta nuestro tranvía tiene algo de metáfora estos días: después de años convertido en monumento a nuestra incapacidad, vuelve a recorrer Jaén. Ojalá sirva también para recordarnos cuánto puede tardar una sociedad en convertir en normal lo que jamás debió serlo. Sería demasiado fácil escribir que los cobardes son siempre los otros: Sánchez, Feijóo, los ministros, la Junta, la Diputación, los alcaldes, Bruselas o ese enemigo confortable al que atribuimos cuanto nos sucede. Pero ¿Y nosotros? ¿Cuántas veces callamos para no significarnos? ¿Cuántas aceptamos lo inaceptable porque todavía no nos afecta demasiado? ¿Cuántas renunciamos a defender una idea por miedo a una etiqueta?
¿Cuántas veces elegimos seguridad frente a libertad, subvención frente a iniciativa, obediencia frente a criterio, silencio frente a responsabilidad? Hemos permitido que demasiadas cosas sean así. Y quizá esa sea nuestra parte de responsabilidad. Tal vez nos sobren diagnósticos y nos falte coraje. Coraje para anteponer capacidad a obediencia, talento a siglas y mérito a afinidad. Y para aceptar algo menos confortable: que no todo lo que nos ocurre es responsabilidad de otros. En las empresas aprendí que los problemas que se aplazan no desaparecen: vuelven más caros y con menos alternativas. En lo público sucede lo mismo. Por eso me preocupa menos que Jaén tenga problemas, que nuestra capacidad para acostumbrarnos a ellos. Una infraestructura que no llega puede ser responsabilidad de un gobierno. Esperarla durante décadas sin consecuencias, empieza a describir también a una sociedad. Quizá el problema ya no sea saber qué nos ocurre. Lo sabemos. El problema es cuánto tiempo más estamos dispuestos a considerarlo normal. Porque hay algo peor que tomar una decisión equivocada: saber que hay que tomarla, no hacerlo y terminar llamando prudencia a nuestra cobardía.