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lunes, 24 junio 2019
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Marga Reig

Chari, Charo, Rosario

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Rosario López Carrascosa vino al mundo en una cuna hecha de partituras, en las bambalinas del antiguo Teatro Cervantes, con los arrullos de su padre, músico, y con una garganta por la que, según contaba su madre, “se le iba el alma por la boca”. Primero hay que vivir, que decían los antiguos, y Chari fue escaparatista en Tejidos Gangas con Vica. Ese arte que le bullía por dentro decoraba en los 60 la plaza de San Francisco. Mientras, la que en 2009 sería reconocida como “Ciudadana de Jaén”, se iba aproximando al flamenco. ¿Quién sabe si los lamentos y los ayes de aquel trasplante de riñón, de los pioneros, en 1973, en Barcelona, no terminaron de convertirla en la “cantaora flamenca más universal de Jaén”? Y, sin duda, también, en la cantaora más jaenera. Más de la calle, más de la gente. Sabías que cada madrugá, en el Cantón, Chari le abría su corazón a El Abuelo. Sus saetas eran auténticas flechas al interior de quienes estaban alrededor. Saetas por tonás, por soleá, como Canalejas del Puerto, por seguiriyas, alguna vez por martinetes. Tan jaenera, tan flamenca, tan de su Padre Jesús, que en San Ildefonso, ya de cuerpo presente, solo sonaron los compases de la marcha del Maestro Cebrían en las cuerdas de dos guitarras. Por Chari, por Charo, por Rosario.