Parece que la confusión es el alimento de este siglo. A veces la realidad pareciera ser conducida por imanes ocultos que mueven los metales de la razón al antojo de un inquietante azar. Pondríamos todo el efectivo de la cartera e incluso las llaves de nuestra motocicleta en un número que el destino acaba dejando sin la fortuna esperada. Pero este bingo no va de cartones, ni de rifas, ni de billetes que cayesen sobre los sueños más íntimos como el confeti blanco que baña al ganador de algo en las tarimas del mundo que hemos creado nosotros mismos. Lo que está en juego es la felicidad humana. El ángel de los equilibrios. La conciencia de sentirnos en paz con el talento de nuestra posibilidad.
Miramos de reojo la página del periódico para ver dónde la cuerda de lo que hace circular la savia del tiempo nos regala un nuevo empujón hacia el fango del sinsentido y la barbarie. No hay oxígeno en los discursos, azúcar en los acuerdos, verdad en los propósitos, calor en los abrazos. Cuando era pequeño, en la televisión ponían un pitido sobre los exabruptos que emitía algún energúmeno cuando se le ponía la alcachofa a la salida del fútbol. Hoy convivimos con el término “hijo de puta” sin el más mínimo reparo ético.
Pero ahí que todas y todos hemos sido convocados a unas elecciones envenenadas por la confusión, ese demonio predilecto del fascismo al que los líderes y lideresas de la cosa parecen invocar desde todos los frentes, sin miedo parece a las consecuencias. Las derechas agitando el voto contra Sánchez, pidiéndonos sacrificios, no sabemos si como justiprecio para devolverle a Trump el bocado de mapa moral que le quedaba en el tablero, a la manera en que Corina Machado le cambió su Nobel por una humillante bolsa con productos de las galerías del magnate americano. Cristales rotos por doquier pero “¿dónde quedó la verdad?”, nos preguntamos como el poeta Juan Gelman. Cuando la derecha habla de sacrificios con el vendaval de las encuestas a favor ya sabemos a qué se refiere. O no. No sabemos nada. Llevamos demasiado tiempo sin saber nada.
Con estos mimbres, la negociación en las fuerzas de progreso parece en manos de quienes usurpaban el turno de palabra en la catequesis de las palomas mensajeras para que al final la parroquia acumulase más razones para escorarse hacia el descrédito del vuelo. En política hace tiempo que dejó de importar el proyecto y la izquierda se apuntó también al cesarismo de la democracia representativa, despreciando la adrenalina cívica de la asamblea, cuyo músculo social bien organizado es lo único que acaba interfiriendo en la agenda de los poderes. Se agitan a la ligera las hoces y los martillos pero, quien más y quien menos, agenció su cuota de pecado especulativo para prosperar y llamó revolución a poner un garito de cañas. Éramos relativamente felices hasta que nos salió un aspirante a emperador en Norteamérica y mucho capital empeñado en hacernos creer de nuevo que a veces es necesario eliminar al diferente para alcanzar la felicidad existencial, la exclusiva pertenencia, el don de la identidad, en un mundo en el que la Corte Penal Internacional ha perdido su autoridad para poner entre rejas a los villanos del siglo veintiuno. Y ahí ya nos ponemos serios. Queda poco tiempo para ilusionar. En la decepción siempre gana el mal. En la alegría, algo queda para la esperanza. Seguimos sin saber qué más quieren de nosotros. Qué más. A ver. Dígannos, señorías.