Desde la ventana del piso de mis padres se ve el año 1986. Nítida-mente, además, como si lo estuvieran retransmitiendo en directo. Se ve, también, la felicidad de mi madre cuando mi hermano Rafa asoma con la intención de llevarla de viaje, el río Eo ha-ciéndose grande, inmenso, antes de darse del todo al Cantábrico, y una razón para no quedarnos quietos que no consigo escuchar. Fuera hace bueno, el clásico solazo de Linares, pero acompañado de un vientecillo alegre que canta como Alberto Cortez. A todos nos gustan sus Castillos en el aire y, sobre todo, la posibilidad de poder elegir y levantar los nuestros. Hay un policía regulando el tráfico, es el mismo señor que años antes, en el 79 u 80, nos regañaba por jugar con la pelota en la hora de la siesta. Me extraña que no se haya jubilado ya y que se anime a cantar con nosotros. Él no lo dice y yo tampoco; sin embargo, ambos entendemos que al fin hemos hecho las paces.
Todavía no ha nacido mi sobrina Celia, pero se la ve por ahí y, aunque no levanta la mano ni realiza ningún otro gesto con el que requerir la atención, alguien se la da: la chiquilla se sabe de corrido la tabla del tres. Me resulta curioso que emplee su turno para eso, para recitar la tabla del tres. Un poco más lejos, a la altura de peritos, se intuye la del cuatro, y en los mentideros se comenta que en la calle Julio Burell se escucha la del cinco y la del seis. Seis por seis, treinta y seis. Con treinta y seis años yo tenía más pelo. ¿Dónde irán los pelos que se nos caen? Me refiero a los que logran atravesar el sumidero y recorrer por entero la tubería. Científicamente, habrá quien asegure que esos cabellos han muerto; respeto y admiro su sapiencia, pero prefiero imaginarlos habitando otras cabezas, otras axilas, otros pubis, otras piernas, otras espaldas, viviendo otra vida que, de nuevo, les presta el favor del viento y la melena. Lo mismo me ocurre con las ganas: con treinta y seis años yo tenía más ganas. ¡Y ustedes también! No acepto matices, excepciones, ocurrencias o ejemplos que vengan a desmerecer mi aseveración. Teníamos más ganas, más hambre, más esperanza y, por ende, la vida, aquella vida de viento y melena, tenía más sentido. ¿Y esas ganas dónde se irán? Porque marcharse, no creo que se marchen. Eso hacen los turistas, los vendedores de enciclopedias y los futbolistas cuando les mejoran la oferta. Pero las ganas son otra cosa, las ganas se parecen más a esos vecinos que anuncian durante años que van a mudarse y, sin embargo, uno sigue cruzándoselos en la escalera, cargados con las mismas bolsas y las mismas prisas. Mutarán, las ganas mutarán y se convertirán en hermosas muñecas rusas.
Miro otra vez por la ventana del piso de mis padres y me da la impresión de que algunas de las mías continúan ahí abajo. Las reconozco enseguida. Corren detrás de un balón. Se asoman a un bar, a una librería. Esperan una llamada. Compran un mapa para ir a un sitio que ni siquiera saben situar en el mapa. Vuelvo a ver a mi madre, esta vez riéndose, es una risa antigua y nueva al mismo tiempo. Mi hermano sigue dispuesto a llevársela de viaje y ella sigue dispuesta a dejarse llevar. Ninguno de los dos sabe todavía lo que vendrá después, y tal vez por eso los envidio. No porque sean más felices que ahora, sino porque ignoran todo lo que vendrá después. El policía continúa regulando el tráfico. A estas alturas sospecho que no está ahí para ordenar los coches. Está para ordenar los años. Levanta una mano y detiene 1987. Levanta la otra y deja pasar 2003. Silba y aparecen los veranos. Vuelve a silbar y se esfuman los inviernos. Y nadie parece extrañarse. En las ciudades pequeñas estamos acostumbrados a convivir con milagros así de discretos.
Cuando baje los cuatro tramos de escaleras se habrá hecho de noche y veré luz en otras ventanas. No es seguro, pero sí muy probable que en algunas de ellas haya gente asomada con los ojos cerrados. Por nada del mundo quieren perderse el paso del cometa Halley.