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Cada mañana

Cada mañana, antes de que Torres de Albanchez termine de despertarse, Campos introduce la llave en la cerradura y abre la persiana de su tienda. Lo hace desde el centro: primero separa las dos hojas y aparece una ranura de luz; después el hueco se ensancha y la calle entra poco a poco. Lleva casi treinta y siete años repitiendo el mismo gesto. Hay movimientos que, de tanto hacerlos, terminan pareciéndose a una forma de respirar.

Campos Morcillo pertenece a esa clase de personas que no se conceden el derecho a enfermar, pedir la baja o marcharse de vacaciones. “Yo no tengo tiempo de ponerme mala”, dice, como si el cuerpo pudiera aplazarse. Le duelen las manos. Son las mismas que cortaron racimos en la vendimia cuando todavía estaba en quinto de Primaria, guiaron la tela bajo una remalladora, recogieron fresas en Francia y aprendieron después a pesar, envolver, colocar cada cosa en su sitio. De joven pensaba que, mientras tuviera salud y dos manos, siempre encontraría una manera de seguir. No sabía que las manos también recuerdan y que los años dejan en ellas la forma de cuanto hemos sostenido.

Todos llegamos al mundo cuando la historia ya ha comenzado. Antes de elegir, recibimos una casa, una manera de callar, una idea del trabajo, una forma de afrontar la escasez y de tratar a los demás cuando nadie mira. Algunas herencias se reparten ante un notario. Otras pasan de unos a otros escondidas en los gestos y en aquello que aprendimos mirando vivir a quienes nos precedieron. Campos recuerda su infancia sin dramatismo: la calle, los juegos, los niños reunidos en casa de Angelina porque era la única vecina que tenía televisión. “Una cosa normalica”, dice. Era buena estudiante y las matemáticas se le daban bien, pero en su casa había que trabajar y nadie le preguntó si quería continuar. Hay renuncias que apenas se notan porque durante mucho tiempo se confundieron con lo normal.

Su madre era una mujer callada, demasiado acostumbrada quizá a ocupar poco espacio. Campos dice que no valdría para estos tiempos. Sin embargo, dejó en sus hijos una frase que todavía sigue trabajando dentro de ellos: “Da igual lo que hagas y el tiempo que eches, pero hazlo bien. La gente no pregunta cuánto has tardado; mira si está bien o está mal”. No necesitó explicarles qué era la dignidad. Se la enseñó con su manera de estar, de cumplir, de seguir adelante. En una misma casa conviven lo que necesitamos dejar atrás y lo que merece acompañarnos siempre. Heredamos límites, pero también herramientas. No todo lo que nos precede está destinado a repetirse. Tampoco todo lo que nos faltó tiene por qué faltarles a quienes vienen detrás.

Campos entregó cuanto ganaba para ayudar a levantar la casa de sus padres. Más tarde abrió una tienda sin tierras, sin dinero heredado y sin un camino preparado. “Yo me habría conformado con que me hubieran dejado lo que yo había trabajado”, dice sin rencor, como quien deposita una verdad sobre el mostrador y continúa tecleando en la caja registradora.

Solemos decir de una persona así que se ha hecho a sí misma, aunque nadie se hace por completo a solas. En su vida están sus hermanas, los viajantes que la ayudaron cuando se quedó con la mercancía y sin local, Maruja comprando antes incluso de la inauguración porque quería comprarle a ella, y las mujeres que mecían a su hijo recién nacido mientras atendía. La independencia, vista desde lejos, parece individual; de cerca está llena de manos ajenas. La vida de Campos no habla solo del esfuerzo. Habla del espacio que existe entre lo que recibimos y lo que elegimos entregar. Ella conservó de su madre el trabajo bien hecho, la honradez y el respeto, pero quiso dejarle a su hijo algo que a ella le faltó: la posibilidad de escoger. Insistió en que estudiara, no para apartarlo del campo ni de ningún oficio —todos le parecen dignos—, sino para que ninguna puerta se cerrara antes de tiempo.

Su madre le enseñó a hacer bien lo que la vida pusiera delante; Campos quiso que su hijo pudiera decidir qué poner delante de su vida. Entre una enseñanza y otra cabe el avance de una familia. Ahora Campos sabe que debe frenar. Le duelen las manos y los huesos, y comprende que quienes la esperan fuera de la tienda también merecen una parte de su tiempo. Cuando le pregunto qué pensaría de ella aquella muchacha que comenzó tan pronto, responde sin concederse importancia: “Bueno, al final no está tan mal”.

Cada mañana vuelve a abrir la persiana desde el centro. Primero aparece una línea de luz; después el hueco se ensancha y la calle entera entra en la tienda. Sus manos conocen el gesto aunque empiecen a dolerle. La historia que recibió sigue dentro de ellas, pero, después de pasar por sus manos, deja entrar un poco más de luz.