Rebosan los casos de presunta corrupción en el albañal de la democracia española. Parecen haber pasado siglos de los casos Ábalos, Koldo, Cerdán, Montoro, novio de Ayuso, de las elecciones andaluzas, del descubrimiento del colaborador de la sanguinaria dictadura venezolana y joyero Zapatero. Lo penúltimo sugiere dos preguntas. ¿Conocía el uno Rajoy los espionajes y acciones contra Bárcenas para conseguir su silencio? El juicio sobre este caso está a punto de concluir. ¿Conocía el uno Sánchez lo acordado en la sede de Ferraz por Cerdán y Leire entre otros, según el auto del juez Pedraz, para arremeter contra jueces, fiscales, policías, periodistas y guardias civiles por sus investigaciones acerca de los casos que le afectan por las actividades de su mujer y su hermano? Si la respuesta es afirmativa en ambas estamos ante la lamentable constatación de la podredumbre, de la ciénaga, del estercolero en el que los dos grandes partidos han convertido a nuestro país. Por fortuna todavía quedan Calamas, Alayas, Biedmas y Luzones que no se amedrentan y nos permiten seguir creyendo en una justicia libre e independiente. Por ello, asidos a la esperanza de que no avancemos en un Estado fallido brindemos por su insobornable profesionalidad.