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Bandera blanca

Apoco más de un mes para las elecciones, los calzoncillos largos de Fulgencio ondean en la era de Cortijo Viejo. Impolutos, como si acabaran de salir de la tienda: un mérito de Mari, aunque ella se empeñe en atribuírselo al jabón casero que elabora. España, desde aquí, alcanza su fin tras el alumbrado público de Santiago y La Matea, y se me ocurre que, en plan simbólico, esos calzoncillos quedarían mejor en un mástil que en un tendedero.

Hasta la semana que viene, cuando el gobierno cambie la hora, a las siete de la mañana sigue siendo de noche: una contradicción, un choque en el lenguaje que no desaparecerá, que simplemente se desplazará a la tarde, cuando a partir de la semana que viene el sol se ponga poco después de las seis. Llamamos país, comunidad autónoma, provincia o municipio a unas líneas que encierran territorios y, cuando amanezca, yo veré otra comunidad autónoma y un par de provincias y de municipios, y ni una sola línea. Me reafirmo: en plan simbólico, los calzoncillos largos —y blancos— de Fulgencio deberían erigirse en la única bandera del mundo.

Para tranquilidad de Mari, los pájaros que picotean los huevos de las gallinas todavía duermen. Parece un problema menor, inexistente —incluso— para todas aquellas personas que no tienen gallinas. En la aldea, sin embargo, pesa casi lo mismo que los Presupuestos Generales del Estado. Me pregunto si algún senador de provincias habrá llevado, alguna vez, este tema a la cámara alta y, en tal caso, si lo habrá hecho para defender la tranquilidad de Mari, la seguridad de los huevos de las gallinas o el derecho innato de los pájaros a buscarse la vida.

Ya es de día, lo que significa que he tardado casi una hora en escribir los tres párrafos que anteceden a este. Casi una hora para vichear a mi alrededor e hilar doscientas ochenta palabras. ¿Me renta? Duermo poco, no sé quedarme en la cama y la idea de unos calzoncillos largos y blancos como estandarte de un mundo en el que tantísima gente pasa frío no es mala. La otra alternativa habría sido encender la radio: imaginar las líneas de un país que lanza proyectiles fuera de esas líneas y escuchar las declaraciones de políticos que no tienen gallinas y que, por tanto, no ponen el más mínimo interés en solventar la intranquilidad de Mari.

A poco más de un mes para las elecciones, Cortijo Viejo continúa rigiéndose como una perfecta comuna: cada vecino se ocupa de su parte y no solo intenta no incordiar a los demás, sino que también procura dar a entender que, llegado el caso, todas las partes se convertirían en una sola. Un ideal que —supongo— se sostiene gracias a los nombres. Aquí cada uno tenemos uno. Y en las ciudades no pasa: en las ciudades Juan o María, en cuanto pisan la calle, se exponen a ser tomados por otros Juanes y Marías como pájaros que picotean huevos. Aunque no estamos libres de pecado, todos sabemos que en la aldea, por la obligación de vernos a diario, la más mínima desavenencia puede traducirse en el peor de los infiernos y que eso, en ocasiones, nos ayuda a contar hasta diez.

Me pregunto por qué no maniobrarán de manera similar nuestros políticos. Los trescientos cincuenta diputados que vamos a elegir en poco más de un mes también están obligados a verse con bastante frecuencia. Y lo hacen en un hemiciclo que no será más grande que Cortijo Viejo. Y desde sus tribunas su mundo ni siquiera alcanza hasta el alumbrado público de Santiago y La Matea; su mundo termina mucho antes: entre la moqueta que pisan y los ujieres que les acercan, amablemente, los vasos de agua para que no se les sequen las bocas. ¿Qué sentido tiene que, pese a esas comodidades, ninguno de ellos se acuerde de la tranquilidad de Mari ni del derecho de los pájaros a buscarse la vida, y que todos se queden varados en si fue antes el huevo o la gallina?

En fin, a poco más de un mes para las elecciones, en la era de Cortijo Viejo siguen ondeando los calzoncillos impolutos de Fulgencio, a la espera de un mástil.