Mi madre me coloca un baby azul con las iniciales bordadas. Cartera al hombro cruzo el pueblo hasta el parvulario donde moldeo mi imaginación con plastilina mientras coloreo el mundo a lápiz Alpino. A mis cinco años hago el trayecto sin Google maps y sé el momento exacto de escapar a casa de mi abuela para trepar al paraíso de mis dulces preferidos. En una alberca aprendo a nadar para cruzar el río al lado allá, sé el momento preciso donde los jilgueros pueden ser atrapados y luego entiendo que hay cantos que no merecen ser enjaulados, también atiendo al consejo experto de un mayor y conozco las respuestas del conocimiento por las páginas de un libro. En boca de maestros aprendo las cuatro reglas, las siete maravillas, los diez mandamientos... Y ante la travesura del robo de un caramelo la ley la dicta un “me cago en la puta orden” en voz de Anilla la quiosquera con una energía impensable en su menuda figura. Hoy esa cosa llamada IA amenaza con convertirnos en amebas a corto plazo. Creo que Anilla tendría para ellos una oración: me cago en vosotros y en la IA puta.