Últimamente llego tarde a todos sitios y esto me pasa porque no programo con suficiente antelación mi vida diaria. No puedes dejar a la improvisación lo de irte a cenar, comprarte un vestido para un evento o reservar un hotel, pues puede ocurrir que no tengas mesa, no encuentres ropa de tu talla o tengas que pagar la habitación a precios astronómicos. El máximo exponente lo encontramos en las bodas, si bien es cierto que siempre se han organizado con bastante antelación, ahora se fijan hasta tres años antes, que digo yo, que muchas parejas se romperán en ese intervalo de tiempo. De igual forma, el viaje de novios se programa con, al menos, un año de antelación, eso sí, el seguro que no falte por lo que pueda pasar, que la carne es débil y la tentación vive en las redes sociales. Creo que este afán por planificar y tenerlo todo previsto, reservando con la suficiente anticipación hasta la cosa más nimia, tomó fuerza a partir de la pandemia, cuando nuestro mundo se puso patas arriba. Quizás, inconscientemente, tratamos de atar el futuro para que no se nos vuelque y nos deje tirados por los suelos. O puede que queramos olvidar lo voluble que es el destino, que nos lleva por caminos insospechados y, para eso, no hay seguro que valga.