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Aquel día

Cuando era joven pensaba en que mi vida duraría veinticinco o treinta años, supongo que intentaba sumar las noches a los días porque también las vivía. O puede que justificar la intensidad de mi vida con las prisas por acabar con ella. Ya entrado en los cincuenta y, obviamente, decepcionado, conocí un personaje realmente curioso. Andaba yo caminando por el Gran Eje y le vi sentado, como todos los días, en el mismo banco frente a la iglesia de San Félix. Día de sol y ruidos, le saludé como todos los días, y el a mí. Hablábamos del tiempo, de las campanas de la iglesia y cosas parecidas. Era pequeño y arrugado con la mirada vacía, casi ciega. Una vez, no sé por qué, se lanzó a contarme algo más de su vida. Había sido joven y estudiado en Granada algo de ciencias y también había dado clase en un instituto de un pueblo de Jaén, Ahora era mendigo. No lo parecía pero estaba convencido de que lo era. Me habló de su rutina diaria desde una casa de acogida hasta el banco de la iglesia. Decía saber a qué hora pasaba cada matrícula y cada persona, y me dijo que la rutina diaria no era suya sino de los demás. Cosa que él mismo comprobaba siempre. Se preguntaba si esa gente tan vacía de desórdenes realmente tenía una vida. La soledad, me dijo, que le había llevado a la depresión y de ahí al alcohol, pero que no podía quejarse pues había vivido tres vidas. Aquel día aprendí que cada día es una vida.