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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Ánimo Venezuela

No hay rosas en el jardín. Ni siquiera hay jardín. Todo se lo llevó por delante aquel terrible terremoto de incomprensión. Por no haber no hubo palabras. Ni un no a medías. Nada. Y la vida siguió en manos de otros como siempre sigue, viviéndola los que se quedan. No es nada fácil ser entender a quién lo pierde todo de la noche a la mañana. Se puede hacer un ejercicio de visualización de la situación en la que queda quien perdió su casa, sus familiares y, probablemente sus medios de vida. ¿De que le sirve vivir ahora? ¿Para qué? ¿Por qué seguir vivo? Ya no hay rosas en el jardín ni las volverá a haber nunca. Solo le quedará el recuerdo que se irá borrando con el correr de los tiempos y las vidas. Ya no es nadie, pero sigue vivo. Y habrá quien tenga la desfachatez de decirle que al menos vive, como si vivir en esas circunstancias fuera un privilegio. No. No quiere vivir esa ventaja. Quiere marcharse a la meta que ya alcanzaron los suyos, o al olvido deseado en la cabeza de los demás vivos. Sabe que no es la única persona que está pasando por ahí y eso, ciertamente, le conforta de manera agridulce. Sabe también que los días pasarán aminorando el sufrimiento o, más bien, sustituyéndolo por nuevas vivencias. Pero esos futuros días ya llevarán marcada la herida de una vida gastada para nada. Un jardín nuevo con más espinas que rosas se abrirá camino en el horizonte. Ánimo Venezuela.