Amarás
En esta vida de prisa y tumulto, los problemas se acumulan, discutimos por nimiedades, dormimos mal y nos irritamos. “Yo no soy así”, nos decimos a veces, mientras anhelamos que llegue la calma. Ese deseo de paz, de detenerse en mitad de la tormenta y entregarse serenamente a lo que amamos, tiene un nombre: días alciónicos. Cuenta Ovidio la historia de Ceix y Alcíone, unidos por un amor profundo. Cuando él parte al mar, ella presiente la tragedia. La tempestad llega y lo arrastra. Alcíone, ignorante de su destino, lo sueña muerto y, desesperada, se arroja al mar. Ambos son transformados en aves, y desde entonces el mar se aquieta en su memoria. Así también llega la Semana Santa: una pausa luminosa. Volvemos al pueblo, a los días largos, al incienso y al guiso lento. Allí, entre raíces y silencios, recuperamos algo esencial: la calma. Los días alciónicos son esos en los que alcanzamos el anhelado sosiego: un espacio breve, de horas descompensadas entre calles y familia, tradiciones y sones de un tiempo en el que desearíamos permanecer siempre. La vida, la Semana Santa o el mito de Alcíone nos recuerdan ese caminar sereno que olvidamos fácilmente; esa manera de ser, a los ojos del niño que nunca se escapa de nuestras manos y que regresa, puntual y casi por azar, cada primavera.