Octubre amaneció callado, sin lluvia que estampara en los cristales sus lágrimas serenas, ni mojara las hojas de los verdes olivos, ni se llenaran de ella los pequeños huecos, donde sueñan los charcos con la luna. No, la lluvia del otoño recién estrenado, no llegó, ni siquiera, a traer el perfume que el petricor exhala con su aroma penetrante, ese olor a lluvia que impregna el ambiente dejando a su paso la certeza de una lluvia o llovizna inminente. No, la lluvia no nos visitó aquel amanecer recién amanecido. Tampoco los cielos se volvieron plomizos ni grisáceos, con esos nubarrones que parecen que van a estallar de un momento a otro. La aurora de aquel día se vistió con el blancor azulado que parece surgir de repente y va cambiando sus colores en una gama de rosas y naranjas con toques violetas que, en unos instantes, desaparecen cuando el astro rey asoma su cabeza en el limpio horizonte, y desde allí avanza el aro de su luz amarilla pintando y ocupando todo el espacio donde se despierta. Octubre aquel día desperezó las horas con un alba sosegada, la claridad se abría paso y nacía la luz dejando a la noche sin terreno donde seguir con su sombras y estrellas.
Aquel amanecer se dejó llevar cuando el tiempo marcaba sin cesar el tictac escondido. Ese que no podemos detener o adelantar cuando la situación en la que nos hallamos es grata o necesitamos que pase cuanto antes. Octubre se estrenaba con cálidas sonrisas, luces y sombras que dibujan figuras en el suelo, en medio de un jardín donde las flores se abren a la vida. Y desvelan contornos en los perfiles de montes y montañas, haciendo que la imaginación encuentre formas, objetos... y se pueda sentir la belleza cuando un instante antes que el sol corone el firmamento, se perciba ese tono de claridad que vuelve a deleitarnos con su amable encanto, y al compás un canto se despierta y una vez más, vuele sobre la mañana el bello poema de unos trinos alados. Octubre amaneció sin que el otoño hubiera abierto su caja de colores, ni ese sonido suyo donde el viento golpea con fuerza a la ciudad que sueña. No, tampoco él nos sorprendió, la brisa que corría, era como un céfiro que volaba pausado. Octubre amaneció callado, sin prisas, ni compases desmedidos.