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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Allegro ma non troppo

De pequeño, nunca me gustó dormir la siesta. En verano, mi familia alquilaba una casa en el Puente Jontoya. Era el paraíso: gran lonja, piscina, caminos, bicicletas y, sobre todo, una familia amplia y bulliciosa. Pero este edén tenía una excepción diaria: la hora de la siesta. Tras la comida, se instalaba en la casa un sopor absoluto y pesado, casi físico, con el zumbido de las chicharras de fondo. Fuera, el calor caía a plomo; dentro, absoluto silencio: la familia dormía. Mientras, yo deambulaba deseando que la siesta pasase lo más rápido posible.

Hoy, esa quietud no me parece tan desagradable.

Vivimos en un mundo acelerado. Todo va rápido: caja rápida en el supermercado, entrega rápida de paquetes, comida rápida, transferencia inmediata, bizum al instante, rasca y gana al momento... Donde antes tocaba andar, ahora toca correr. Estamos alojados en la actividad incesante: vemos la televisión, consultamos el teléfono y dialogamos con alguien; rellenamos un informe, atendemos a un cliente y solucionamos las dudas de un compañero; hacemos deporte y usamos el manos libres para hablar con un amigo...

En Alicia a través del espejo (secuela de Alicia en el País de las Maravillas), de Lewis Carroll, la Reina Roja explica a Alicia que el mundo se mueve tan rápido que caminar no es suficiente para avanzar: “Aquí, ya ves, tienes que correr lo más deprisa que puedas para poder permanecer en el mismo lugar. Y si quieres llegar a otro sitio, entonces debes correr el doble de deprisa.” Y en esas estamos.

En una entrevista reciente en la cadena italiana RSI Sport, el ciclista Tadej Pogaçar afirma: “Cada vez encuentro menos silencio. Vivimos en un mundo donde todo va rápido.” Y lo dice un ciclista. Se declara harto de viajar; prefiere quedarse en su hogar: “Valoro pasar la mañana barriendo mi casa, limpiando el coche o yendo al supermercado”.

¿En qué consiste aprovechar el tiempo? En hacer muchas cosas a la vez. Viajamos a cuatro países y 12 ciudades en 7 días; preparamos cumpleaños con mago, monitor de juegos, pintacaras y actividades deportivas; comenzamos una serie de televisión y nos tragamos 8 capítulos. ¿Por qué no aprovechar el tiempo tomando un café en una terraza y leyendo el periódico? ¿O de paseo por un parque observando alrededor? ¿O no hacer nada, sin más?

Javier Marías, en su novela “Negra espalda del tiempo”, narra el viaje en barco del escritor Wilfrid Ewart entre Inglaterra y Estados Unidos. De repente, un camarero cae al mar. Los pasajeros dan la voz de alarma, pero se trata de un barco grande, las maniobras son lentas. La estela de la embarcación engulle al pobre hombre. Todos hablan de la lentitud del barco, a lo que el autor afirma: “la única forma de perturbar al tiempo es morir y salirse de él.”

Siempre me ha sorprendido esa especie de obsesión por aprovechar el tiempo durante el fin de semana. Los locutores de radio van recordando cada día cuántas jornadas faltan para que llegue: “Ánimo, que ya es miércoles, sólo quedan dos días para el finde”. ¿Es que los lunes o los jueves no cuentan?

En fin, cada vez veo con más simpatía el tiempo suspendido de la siesta y valoro cada acto como una especie de carpe diem permanente y rápido, pero no demasiado, allegro ma non troppo.