Alimentar la esperanza

    23 jun 2022 / 17:24 H.
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    Nunca dejamos de imaginar el futuro. Hay quien ve en él más dicha que fealdad y hay quien lo contempla con más dolor que belleza. Evocarlo a mí me produce una felicidad que no es exuberante ni bulliciosa como el placer o la alegría, sino más bien un estado de gozo silencioso que permanece incluso si al indagar más allá de los confines de lo inmediato veo aparecer la escasez y la hambruna. En un planeta donde, cada día más, todos somos parte de todo, hay 400 millones de personas que dependen directamente de los suministros alimenticios del granero del mundo que es Ucrania. Según la FAO, este año se prevé una crisis alimentaria sin precedentes. Hasta 181 millones de personas en 41 países van a sufrir diferentes niveles de hambre. De hecho, ya hay 1,7 millones de personas hambrientas en Sudán del Sur que se quedarán sin suministros después de que el Programa de Alimentos de la ONU anunciara la semana pasada la suspensión de ayudas debido a una escasez severa de fondos. Lo razonable sería renegar de la condición humana, pero, como digo, si veo derrumbarse un mundo que duda del porvenir, algo en mí me incita a desplazar las pesadas masas de materia que nos impiden alimentar la esperanza.



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