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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Alergia a administrar

La informática, la pandemia y la apatía administrativa han instaurado malas costumbres en organismos públicos y grandes empresas de endosar a los administrados tareas burocráticas que no les corresponden: obligaciones formales que imponen declarar y liquidar, añadiendo tareas de gestión injustificadas para sustituir y aliviar el trabajo de los funcionarios. Sirva, por ejemplo, la necesidad universal de cita previa para gestiones banales, la exigencia de fotocopias de documentos y justificantes —contra el tenor de la ley— que ya obran en poder de las Administraciones o reiteraciones periódicas de trámites tan simples como la renovación presencial de un certificado digital cada dos años. Kafka, que campaba en los juzgados, también habita en muchos otros órganos de las Administraciones, aunque se empeñen en agilizarla. El viejo “Vuelva usted mañana”, de Larra, se complica ahora: “Vuelva a pedirme cita para verme otro día”. Los funcionarios tienen cierta alergia a funcionar y lo peor es que no lo han inventado ellos; lo han aprendido de los políticos que, en vez de gestionar, dedican su tiempo a la propaganda y a sembrar ideología. ¿Estos malos hábitos han venido para quedarse?