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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Agravios y descontentos

Seis de cada diez personas en el mundo se sienten agraviadas por gobiernos y empresas, según el barómetro Edelman 2025 presentado en Davos el pasado año. Hace tiempo que vengo dando vueltas a indicadores que periódicamente nos ponen sobre la mesa esta realidad de descontento y malestar ciudadano. El asunto se ha convertido en uno de los grandes signos de nuestro tiempo y explica muchos comportamientos políticos y sociales que estamos sufriendo en estos años de tanta desorientación y desconcierto. No se trata solo de una protesta contra un gobierno concreto, ni de una reacción pasajera ante la inflación, la precariedad o la incertidumbre. Lo que muestran los principales informes internacionales es algo más profundo: una sensación extendida de agravio, de pérdida de control y de ruptura del contrato social válido hasta ahora. En toda Europa y en otras culturas con diferentes niveles de renta, millones de personas comparten la impresión de que las instituciones no responden suficientemente a sus necesidades, que la economía favorece a unos pocos y que el futuro será más difícil que el presente.

Edelman define este sentimiento como la creencia de que gobiernos y empresas sirven a intereses concretos de unos pocos y permiten que los ricos se beneficien injustamente mientras la gente común se esfuerza sin obtener una recompensa proporcional a su esfuerzo. El informe advierte, además, que este agravio erosiona la confianza en las cuatro grandes instituciones que analiza: gobiernos, empresas, medios de comunicación y oenegés. La desigualdad es una de las raíces principales de esta sociedad del descontento, ya que más de ocho de cada diez personas perciben la desigualdad económica como una cuestión fundamental. La ONU, en el World Social Report 2025, habla ya de una crisis social global impulsada por la inseguridad económica, los altos niveles de desigualdad, el descenso de la confianza y la fragmentación social. Su advertencia es clara: sin políticas capaces de reconstruir la cohesión y la seguridad, las sociedades corren el riesgo de quedar atrapadas en un círculo de desconfianza, polarización y pérdida de legitimidad.

En este contexto se están celebrando todas las elecciones recientes y se celebrarán las próximas en Andalucía. Los resultados de las elecciones a menudo son sorprendentes, ya que no responden a ninguna de las lógicas del voto que hemos venido observando en las últimas décadas. Con este cabreo generalizado, y un alto nivel de desinformación y ruido, dejan de importar los programas electorales y las políticas que uno u otro partido practican. Por eso encontramos flagrantes incoherencias entre el voto que una persona deposita y el impacto que ese voto tiene en su vida cotidiana. Hemos dejado de votar al partido que mejor defiende nuestros intereses para votar a la persona que más conecta con la emoción “de cabreo” que siento.

Tendremos que seguir analizado bien la realidad social actual y estas emociones que mueven el mundo actualmente si queremos volver a la cordura de la racionalidad política. El descontento nace de la experiencia cotidiana de no llegar, de no ser escuchado, de ver cómo el esfuerzo no garantiza estabilidad y de sospechar que las reglas no son iguales para todos. Es una emoción política poderosa porque mezcla miedo, cansancio y agravio. Y todo esto no conduce a proyectos transformadores que garanticen el bien común bajo los valores que han marcado la paz mundial, el multilateralismo y las democracias que nos han permitido progresar más que nunca antes en los últimos 50 años.