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Agosto fuimos una vez

Agosto no es verdad y ni siquiera se parece a esos deseos que nos asaltan en invierno. Porque tanta alegría no cabe y porque, llegado el caso, resolvería en un imposible la mera posibilidad de estar triste. Lo damos por bueno para evitar que los años se nos queden cojos, y por las vacaciones y los reencuentros que trae y origina. Pero sin olvidar que la única virtud que encierra se evaporará en septiembre: un mes curtido en verdades como puños y en propósitos, en infinidad de propósitos, aunque luego ninguno de ellos se lleve a término.

Agosto pregunta por los que no han venido a visitarlo y reúne a los que sí lo han hecho alrededor de la pregunta que, cada tarde, nos lanzaban a la cara los payasos de la tele. Y aunque ya no estamos bien o no tan bien como entonces, persistimos en la misma respuesta en aras de preservar a los niños que fuimos, esa patria en la que los muertos no se morían, se convertían en estrellas de cielo; la patria a la que ahora nos invitan a regresar cuando nuestros males son indisimulables, esa patria en la que, desde hace algunos años, ya yacen algunos muertos bajo tierra. Las orejas del lobo, las barbas del vecino.

Agosto es un simulacro que se anuncia a bombo y platillo, la sepultura de la espontaneidad y esos pendientes que nos auto regalamos en un quiosquillo para recordarlo. Los paseos que damos enfocando nuestras miradas en las casas en las que soñamos vivir el resto del año, porque no sabemos que los que las habitan sueñan con hacerlo en las nuestras. El proyecto arquitectónico de un futuro que requiere que dos niños de San Ildefonso canten nuestro número. Las palabras que se lleva el viento en cuanto constatamos que, de nuevo, esa suerte se había escrito para otros.

Agosto no te sale al paso, eso son cosas de febrero o marzo, de octubre y noviembre. Y no se parece a julio, aunque se toquen, aunque confluyan. El primero es la estrella del equipo a la que se cambia, para que se lleve los aplausos, cuando el partido ya está completamente decidido; el segundo sale a jugar esos minutos que muchísimos aficionados aprovechan para abandonar el estadio y evitar, de esa manera, los atascos. Un diosito frente a un tirano; Letizia frente a la reina del pueblo. A agosto se le espera como a agua de mayo. Sean cuales sean nuestras circunstancias, se le espera: lo esperamos. Porque en él residen las principales razones por las que ponemos pie en tierra, el agosto que algún día se esparcirá, como una mancha de aceite, por el resto de meses.

Agosto fuimos una vez, cuando aún no sabíamos que toda pureza desaparece en cuanto nos apartan de la teta de madre. El agosto en el que aprendimos a soltarnos en la bicicleta, mientras perdíamos el equilibrio sobre todo lo demás. ¿Se acuerdan? Entonces bastaba con un poco de mercromina y con llorar. Luego, de un día para otro, nos prohibieron la primera y nos convidaron a dotar de más enjundia a la segunda, reducirla a la estricta intimidad de los baños y a los tanatorios y hospitales, cuando la terca realidad termina imponiéndose y no queda otra, salvo llorar. El agosto en el que batíamos las manos para despedir al barco que veíamos zarpar, sin sospechar que ya formábamos parte de su tripulación.

Agosto, en el mejor de los casos, dura quince días, veinte, todo lo más. El resto es la pólvora mojada con la que el cantante, una vez que entiende que todas las canciones tristes vienen precedidas de un buen momento, se sienta a escribir por fin la suya. Dice que le dolió, que le sigue doliendo. Y no se dejen engañar por la azul esperanza que se afana en tratar de traslucir en el estribillo. Ustedes conocen bien ese dolor, la tenacidad que provoca lo imposible, volver a aquel agosto que trina sin cesar por aquella novia o aquel novio que se quedaron sin nombre y sin crecer, y que hoy solo regresan a nuestra memoria para recordarnos que no siempre fuimos madera de deriva.