Desde tiempos inmemorables hemos oído de la sabiduría como una virtud reverenciada por diferentes culturas y corrientes filosóficas, entendida en la capacidad de aplicar el conocimiento para lograr una vida plena. Es por ello que, en los tiempos actuales de la Modernidad, en la que disponemos de una más que abundante información, el raciocinio, el entendimiento, escasea de manera alarmante y, por tanto, el cultivo de la sabiduría se vuelve más indispensable que nunca. La sabiduría integra conocimiento, experiencia y reflexión para tomar decisiones éticas y axiológicas que tomen en consideración el bienestar propio y el de los demás. Es en este contexto donde aparecen las figuras de los aduladores y los adulados. Aristóteles indicaba de manera admirable que el exceso de condescendencia, de aquiescencia, sin intención interesada se denomina “deseo de agradar” pero si se hace con la esperanza de un beneficio se llama adulación. La cultura de la adulación se impregna de las alabanzas exageradas e interesadas para halagar a otros con la finalidad de ganarse su voluntad para fines interesados cuando no espurios. Es el denominado adulador, persona inmoral, que no tiene el más mínimo pudor en mentir de manera descarada para alabar a su superior porque es conveniente para sus intereses con el objetivo de sostener su puesto, o para seguir escalando otros peldaños. Muchos líderes empresariales o políticos, los más mediocres, se rodean de un gran número de aduladores, aunque en muchas ocasiones los líderes, como explicaba Plutarco, al ser personas con alta autoestima, son los primeros aduladores de sí mismos, por lo que tienden a crear una muralla a su alrededor, rodeándose de aduladores complacientes donde la lealtad es lo único reconocible, generando un alejamiento de la realidad. Es lo que se suele denominar el síndrome de la Moncloa en España. Sin embargo, si ya tenemos una idea del adulador ¿qué decir del adulado? Se trata de personas, generalmente mediocres (no todas), y con grandes carencias de la sabiduría, por lo que necesitan un reforzamiento constante de su propio ego y la aclamación permanente que pueden hacer caer al líder en una personalidad narcisista, algo que pudiera derivar en situaciones muy comprometidas tanto a nivel social como político. Detengámonos a pensar si alguno de nosotros no ha adulado o se ha sentido adulado cuando contactamos con algún empresario importante, con el alcalde de nuestra ciudad, con nuestro jefe en la oficina, con un exitoso jugador de fútbol, etc. Sin embargo, no debemos confundir la adulación, que es interesada y se utiliza para manipular, con la admiración que es algo que surge desde el respeto sin esperar nada a cambio. Debemos entender que aduladores y adulados son dos perfiles que se complementan a modo de una simbiosis que establece una relación de interdependencia basada en la manipulación, la mentira y la corrupción. Los gestos sobredimensionados de los aduladores tienen como contrapartida la vanidad de los adulados. En todos los tiempos y hoy también, muchos aduladores terminaron denostados o en la cárcel, pero los adulados continuaron en el poder, aunque con el tiempo, en ocasiones, siguieran el mismo camino. El gran filósofo Séneca nos indicaba que “prefería molestar con la verdad que complacer con adulaciones”. Pues así continuamos casi dos mil años después: entre la complacencia
y la crítica de la ciudadanía.