Con una ola de calor cada año, más tempranera, ha llegado el fin de curso y a prisa y corriendo hay que hacer las maletas, para buscar el refugio habitual, más o menos tranquilo, donde cada verano intentamos encontrar el necesario descanso y disfrutar de todo aquello que hemos imaginado que sería agradable para recuperar fuerzas. Estamos de vacaciones y cambiamos de hábitos, no hay horario y en cada momento podremos decidir qué hacemos y cómo vamos a aprovechar el día porque ahora no es el jefe quien decide, sino que somos nosotros los que tenemos la sartén por el mango y además sabemos dónde encontrar donde se cocinan aquellos manjares y compañías que nos hacen disfrutar de la vida.
Hablando de compañías y manjares hay que tener mucho cuidado para evitar perder el tiempo con algún que otro “papafritas” o melón veraniego que se empeña en colocarnos ese rollo patatero en forma de mitin sobre los chorizos políticos que le tiene sorbido es seso. Ya está bien de pestiños amargos, hace calor y se agradece un gazpacho algo más fresquito. Para ese menester tenemos el mundial de fútbol que nos viene como miel sobre hojuelas para disfrutar del cubata matutino, vespertino, nocturno y de madrugada. A todas horas hay pelota y VAR (que no es bar) abierto. El único problema es acabar cocido o como una pasa, pero estamos de vacaciones y todo vale, así que no hay que partirse mucho el coco. Lo más aconsejable en esos días de asueto es buscar a los amigos de antaño, aquellos con los que sabemos que solemos hacer buenas migas y buscar acomodo en el chiringuito mientras los churumbeles corren por la playa y disfrutan como enanos que para eso somos unos pringados el resto del año.
Por cierto, que este verano la vida ha subido un huevo y la cervecita y el aperitivo cuestan un riñón si nos paramos a hacer cuentas. Los espetos están por las nubes, los restaurantes turísticos son muy espabilados y en más de uno suelen dar gato por liebre, engrudo por paella y aflorar líneas desconocidas en la cuenta. No seas melón, ni mendrugo, espabila y ponte al loro, así que es muy conveniente que revises la factura con sumo cuidado porque te puedes encontrar un gato encerrado y pagar una de gambas voladoras o una botella de volátil vino que se ha evaporado y desaparecido antes de llegar a la mesa.
Con todo esto, el presupuesto está más seco que la mojama, pero esa es harina de otro costal y ya tendremos tiempo de apretarnos el cinturón cuando llegue septiembre y maduren los membrillos.
A estas alturas de la mañana alguien podría pensar que se me ha ido la olla con el calor que ya va apretando. No, no estoy como una cabra ni estoy avinagrado, lo que sucede es que un tal Violante me ha mandado hacer un artículo y me ha metido en un berenjenal del que tengo que salir antes de que cante el gallo y a ser posible más fresco que una lechuga. Todo es bueno para llenar la andorga y a la hora de comer estará listo este gazpacho que hoy va de eufemismos gastronómicos que usamos muchas más veces de las que podemos imaginar. Parece que es un refrito, pero está adobado y condimentado en caldo de liebre, así que leedlo rápido que la cosa se acaba pronto. Vamos a ir consumiendo este menú que más parece cocinado en estado de cacao mental antes de que la leche se avinagre. Ustedes me perdonarán por haberles colocado este pepino, pero es que hoy tengo la cabeza como un queso de Gruyere.
De todos modos, estamos a mitad de año y es tiempo de celebrar que estamos vivitos y coleando. Escribo estas líneas el día 30 de junio y desde mi propia experiencia, diría que puede ser un buen día para volver a casarse con la misma compañera, algo que hice tal día como hoy hace ya cincuenta y dos años, así que voy a hacer todo lo posible para que sea un gran día y a olvidar todo lo que no sea jamón de pata negra a lo largo y ancho de la vida. Me voy a dar una fiesta con mi compañera de vida y vamos a celebrar que gracias a Dios estamos juntos y con ganas de seguir así ahora y siempre. No todo ha sido días de vino y rosas, pero la vida juntos ha merecido la pena.