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A más ruido, más ventas

Ir de tiendas, sin llegar a la adicción, siempre ha sido un placer para quien podía permitírselo. Incluso para quien no compraba, pasear entre escaparates y descubrir las novedades era una forma agradable de pasar el tiempo. Sonaba una música de fondo (unos 55 dB) que invitaba a quedarse. Hoy, sin embargo, resulta casi imposible permanecer más de quince minutos en algunas tiendas, sobre todo de ropa, donde el volumen alcanza niveles propios de una discoteca (75 dB). Este ruido constante, de forma inconsciente, provoca fatiga auditiva, ansiedad y estrés. Quien más lo padece es el personal de la tienda, obligado a soportarlo durante ocho horas diarias. Pero también la clientela sale perjudicada: aumenta la irritabilidad, disminuye el bienestar y se normaliza un ambiente de sobreestimulación permanente. La juventud, principal objetivo de este modelo comercial y acostumbrada a volúmenes desorbitados en los auriculares, apenas es consciente del desgaste que esta exposición continua produce en su sistema nervioso. Da igual que España lidere el consumo de ansiolíticos. Lo importante es vender más, acelerar el consumo y convertir el ruido en una herramienta de marketing, aunque el precio lo pague nuestra salud mental.