El mensaje tras las elecciones andaluzas ha sido muy claro: hay que dialogar para seguir gobernando. No me gusta ni me atrae comentar en público los resultados de los distintos partidos políticos tras una elecciones, pero sí que me gusta hacer alguna que otra lectura general de lo que pretendemos todos los que, en cada convocatoria, acudimos a introducir nuestra papeleta en la urna. Así, lo primero que veo es que para gobernar se va a necesitar del diálogo para buscar y encontrar el bien común, y para no cabrear más al ciudadano de a pie, que bien hartos estamos de mentiras, escenificaciones absurdas y polémicas, acusaciones que rayan el insulto, la falta de respeto en los foros políticos, corrupción y otras muchas cosas más que no en pocas ocasiones te hacen sentir vergüenza ajena. ¿En serio que, en una democracia como la nuestra, que se supone consolidada, puede haber tanto hartazgo y desfachatez? Pues sí, señores, hay acontecimientos, declaraciones, decisiones, intenciones y otras muchas cosas más que no dejan en buen lugar a buena parte de los políticos que nos gobiernan. Me quedo con que la mayoría de la gente votamos con ilusión y confianza de que va a ser para bien de todos, aunque después nos llevemos una desilusión tras otra, y acabemos diciendo: “total, sin todos son iguales y al final todos van a lo mismo”. El noble arte de la política no se les da bien a todos, y no son pocos los que se apuntan a regir los asuntos públicos, aunque no estén capacitados para ello. Dialogar para seguir gobernando, como todo en la vida, sin diálogo los matrimonios fracasan, sin diálogo las negociaciones no se alcanzan, sin diálogo la educación se estanca. Diálogo sincero, sin crispación, constructivo, respetuoso, y siempre encaminado a las mejores de las intenciones. No vale dialogar en provecho propio, aunque sea ideológico, a sabiendas del mal que se puede ocasionar. También me quedo con esos pocos políticos capaces de ejercer de forma intachable y no corrupta, que “haberlos haylos”, a los que hay que aplaudir y, por supuesto, votar. Ojalá cunda el ejemplo que arrase la sinrazón.