En el amanecer de este día, querido lector, el cuerpo sin vida de Federico García Lorca ya se encontraba arrojado a una fosa. Tras su fusilamiento, mil veces he imaginado aquella noche previa, aquella mirada de Federico, al que solo conocemos hasta sus 38 años por alguna fotografía y por infinitas lecturas. ¿Cómo sería aquel silencio que, 90 años después, aún no ha permitido encontrar sus restos? ¿Qué pensaría el bueno de Federico, al que todos mitificamos? Federico es un mito infinito, una figura que ha atravesado generaciones y que sigue interpelándonos hoy a todos nosotros. Sin entrar en debates políticos, en esta columna nos quedamos con una idea: Federico fue un gran poeta, pero también uno de los grandes dramaturgos españoles. Su idea era sencilla: el teatro debía romper sus lujosos escenarios y volver al pueblo del que nunca debió ser arrebatado. Ese era el espíritu de La Barraca: ir de pueblo en pueblo, enseñando, educando y llevando palabras. Por eso su cuerpo fue asesinado hace 90 años; pero su palabra, su poesía y su teatro siguen ganando la batalla: la de la inteligencia y la educación.