Lugares singulares, únicos, maravillosos y fresquitos: Doña Aldonza
Un remanso de biodiversidad en la confluencia de los ríos Guadalquivir, Guadiana Menor y Jandulilla
VÍDEO
Herencia del lecho marino que fue Jaén en la más que antigüedad tenemos los fósiles ammonites, pero hay otra evidencia que refleja nuestro pasado en el viejo Santo Reino, las tierras margas. Componen la roca marga la calcita, de ahí su tono blanquecino y, también las arcillas, que convierten en pantanosas las zonas donde abundan. Pues en esa confluencia prehistórica de entornos marinos que fueron y ahora se asienta la comarca baja de La Loma, donde más serpentea el río Guadalquivir, tenemos la evidencia más concreta para Jaén. Las aguas del río grande andaluz se amansan y las tierras arcillosas hacen flotar el agua de forma permanente. Hablamos de Doña Aldonza y de La Herradura. En los alrededores, olivares que aparentan de secano por esa tierra blanca sobradamente no apropiada pero a la que el hombre ha sabido sacarle jugo con su sudor y la humedad del riego por goteo. En el curso del cauce del río que serpentea sin fin, se hallan estos dos humedales que los expertos alertan de su conservación en una última luz de esperanza porque la labranza ha colmatado un antiguo vergel y los incendios de los cañizales hacen buscarse otros nidos al calamón común. Ya sabemos, Jaén es una zona de especial sensibilidad a la que se le debe mirar con aprecio supremo, dada su elemental ruralidad y su entorno natural fuera de lo común. Hagamos caso a quien de esto sabe y cuenta las hectáreas de enea de antaño y el meandro extremo del Guadalquivir, cuando no había escorrentías. Se trata además de un lugar de significancia ancestral, principalmente íbera y romana, culturas que buscaban el agua como elemento determinante para construir sus ciudades. Los íberos hicieron propio el curso del Guadalquivir en esta zona, donde precisamente desemboca el río Jandulilla proveniente de Sierra Mágina y los romanos, siglos más tarde, se subieron a las alturas para contemplar mejor el valle de a tres. En estas tierras alejadas de la aparente fertilidad, además del Guadalquivir y el Jandulilla, se suma a la trilogía el Guadiana Menor, cuyo brazo de agua no es despreciable. Todo ello viene a contribuir a hacer más grande el oasis de La Loma, estos humedales repletos del esplendor verde de los tarays, los cañizales y las eneas del culo de las sillas ahora “vintage”, con las aves reinando en un paraíso que tenemos a la mano, pero que olvidamos porque está fuera de todas las rutas. A Doña Aldonza hay que ir y, cuando se va al atardecer, se vuelve siempre.