Lola Robles, cuidadora: “Siempre he encontrado una profunda satisfacción en ayudar a los demás”
Diario JAÉN, a diez días de su 85 Aniversario, recopila diez historias de personas anónimas procedentes de las distintas comarcas. Hoy, Las Villas
Dedicó gran parte de su vida a cuidar de otras personas, a estar presente en los momentos más frágiles y a sostener con paciencia lo que a veces parecía insostenible. Su historia es la de una mujer que convirtió la empatía en oficio y la entrega en rutina, dejando una huella silenciosa, pero profunda en cada persona a la que acompañó. Dolores Robles Lara, archiconocida como Lola en la comarca de Las Villas, es una mujer de 75 años de Villanueva del Arzobispo, cuya vida ha estado marcada por el trabajo duro, la dedicación al cuidado de los demás y una personalidad alegre y resiliente. La vida de Lola siempre ha estado ligada a una trayectoria de incansable trabajo en el campo y, sobre todo, a la atención de las personas mayores, equilibrada con su pasión por las plantas y su espíritu bondadoso y optimista, a pesar de las adversidades personales.
Se crió con su abuela materna, quien le inculcó unos valores humanos indelebles, además de enseñarle a coser y bordar. A los 17 años, tras la muerte de su abuela, se fue a vivir con sus padres en el campo y se casó a los 21 años. Trabajó extensamente en los olivares de sus padres, realizando tareas como la recolección de aceituna, la quema de ramas, la recogida de leña y la aplicación de abono y tratamientos fitosanitarios. “Eran unas labores muy duras, pero no quedaba otra opción. Había que trabajar. Antiguamente, lógicamente, no eran los tiempos actuales. Había que arrimar el hombro para ayudar a la familia”, expresa Dolores Robles.
“Siempre he encontrado una profunda satisfacción en cuidar a los demás, incluso en las peores circunstancias, sin amargarme. A pesar de los dolores físicos causados por tanto trabajo, mantengo un espíritu positivo”
Durante muchos años, terminada la campaña de la aceituna, trabajaba seis meses en hoteles de la zona de Murcia y el Mar Menor, llevando a sus dos hijas consigo, María Dolores y Ana Belén. “En esa etapa tampoco paraba de trabajar. Se trabajaba a destajo. Yo echaba trabajando en los hoteles prácticamente todo el día, unas 18 horas. Terminábamos a las cinco de la madrugada y empezábamos a primera hora de la mañana”, enfatiza. Dolores Robles pasó del trajín de las habitaciones de hotel al ritmo pausado de la vendimia. Fue una de las muchas mujeres que enlazaban campañas para salir adelante en Francia. En el país vecino trabajó ocho años, dos campañas de vendimia al año: una en el sur, en Sainte-Valière, cerca de Narbona, y otra en el norte, en la famosa ciudad de Cognac, a 200 kilómetros de París, debido a las diferentes épocas de maduración. “Las condiciones eran duras, especialmente por el frío y la lluvia. Recuerdo que, en una ocasión, una compañera falleció, y su marido me ofreció la ropa de su difunta esposa, incluyendo las botas, ya que no iba preparada para esas condiciones tan extremas”, rememora.
En sus manos aún queda el recuerdo áspero de la vendimia en Francia, donde el sol y las largas jornadas forjaron su carácter empático, siempre al servicio de los demás. Pero no echó raíces allí. Con la misma determinación con la que llenaba cestas de uvas, Lola cruzó caminos hasta Castilla-La Mancha, donde empezó de nuevo. “Trabajé en zonas de Tomelloso, Socuéllamos y El Provencio, en Cuenca. Las condiciones eran primitivas en El Provencio, no había agua corriente. Se sacaba el agua de un pozo para lavar la ropa. Allí, en un cortijo, también fui cocinera, preparando comidas para 61 personas en una hora, cocinando en hogueras al aire libre con sarmientos, a menudo preparando platos laboriosos, pero con mucho cariño”, manifiesta la mujer villanovense.
Tras dejar las vendimias, se dedicó al cuidado de siete mujeres mayores en Villanueva del Arzobispo, además de cuidar a su propia madre. Esta hermosa y dilatada etapa de su vida estuvo marcada por la entrega silenciosa y constante hacia estas mujeres que requerían su ayuda. Con una paciencia infinita y una vocación que iba más allá de cualquier obligación, se convirtió en mucho más que una simple cuidadora: fue compañía, apoyo y consuelo. En cada gesto cotidiano dejó una huella de humanidad, demostrando que el verdadero valor del cuidado reside en la empatía y el respeto hacia quienes más lo necesitan.
Primero fue Mercedes Bueno, una mujer que conquistó con su buen hacer y humanidad. “Yo era la cocinera, pero era como si hubiese sido mi madre. Teníamos una relación muy cercana, como de madre a hija. Era una señora con una educación exquisita y no era porque fuera rica. Me quería con locura, era muy buena gente”, confiesa Dolores Robles. Tras el fallecimiento de Mercedes Bueno a los 97 años, cuidó de Encarnación Navarrete, otra señora villanovense encamada y con demencia, durante seis años y medio, viviendo como interna. “Sus hijas, profesoras, vivían en Valencia y no podían ir a Villanueva del Arzobispo con frecuencia. Les pedí permiso para que mi hija María Dolores, que ya había sufrido un ataque de epilepsia, pudiera dormir conmigo y nunca pusieron ningún impedimento. Eso dice mucho de la bondad de la familia. Esta señora me quería y yo también la quería mucho. La tenía muy bien cuidada. La mujer no hablaba, pero en cuanto entraba o entraba mi hija, se quedaba mirándonos y sonreía. Yo me acercaba, le ponía la cara y me daba besos”, destaca.
Cuando Encarnación Navarrete falleció, cuidó a la hija de Mercedes Bueno, también Mercedes, como interna. “Esta señora era muy activa y le gustaba salir a pesar del mal tiempo. La hija heredó toda la bondad de su madre. Pasé unos años buenísimos cuidando de ella. Falleció en mis brazos a los 87 años”, relata Dolores Robles. Al poco tiempo, Cruz, otra mujer villanovense, requirió sus ejemplares cuidados. “Era una mujer bendita. Ella estaba encamada y era corpulenta. Yo la aseaba, le preparaba la comida y limpiaba la casa. Pero requería el uso de una grúa para moverla”, recuerda.
Su profesionalidad y pericia hizo que sus manos pasaran a cuidar a Hortensia Cátedra, cuidándola día y noche. “Estaba encamada, pero tenía buen carácter. Por las noches era una bendita, la mujer era buenísima, pero también estaba muy delicada. Dormíamos en la misma habitación”, señala. De Hortensia pasó a una nueva mujer, también Hortensia, realizando un cuidado temporal. “Le administraba medicamentos y la atendía por sus problemas respiratorios. Esta señora aún vive. Tiene 93 años y nos tenemos un gran cariño”, confiesa. Fuensanta fue el último trabajo de cuidado a mujeres mayores, en horario nocturno. “Fueron unos años muy bonitos. Yo nunca dejé de sentirme muy orgullosa”, recalca.
Su hija mayor, María Dolores, sufre de un quiste de páncreas, operado hace 6 años, pero con nuevos crecimientos que no pueden ser operados debido a varices, además de padecer fibromialgia, artritis, purpuriosis y ataques de epilepsia. “Ahora cuido de ella. Me dedico plenamente a ella”, resalta. “El primer ataque ocurrió en el entierro de mi madre en 2008. Fue un momento traumático. Un hombre le salvó la vida al evitar que se tragara la lengua. Le estoy muy agradecida”, agradece. Su balcón en la Calle Goleta número 4 es famoso en Villanueva del Arzobispo por sus abundantes flores y ha recibido varios premios, siendo conocida como “Lola la de las flores”. “Dedico mucho tiempo y esfuerzo al cuidado de mis plantas”, manifiesta Dolores Robles, que subraya que siempre ha sido una persona muy trabajadora, además de alegre, bondadosa, chistosa y muy creyente.