Germán López, empresario: “Estuve en la comisión por la independencia de Arroyo del Ojanco”

Diario JAÉN, a diez días de su 85 Aniversario, recopila diez historias de personas anónimas procedentes de las distintas comarcas. Hoy, Sierra de Segura

01 abr 2026 / 10:30 H.
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Hay un dicho popular que suele decir: “uno siempre recoge lo que siembra”. Es una expresión que se acuña perfectamente para todas aquellas personas que desempeñan una labor encomiable, como, puede ser, un hombre hecho a sí mismo que, con poco, comenzó a crear su camino y dejó una impronta muy importante, así como el reconocimiento de todas aquellos trabajadores que estuvieron a su cargo. Este es el caso de Germán López Torres, un empresario de Arroyo del Ojanco que actualmente tiene 86 años, y demuestra don de gentes y de palabra allá por donde va; recibe el cariño diario de arroyenses, serranos de toda la comarca y más allá. Y, lo más llamativo, conduce aún perfectamente.

Germán López, empresario: “Estuve en la comisión por la independencia de Arroyo del Ojanco”

Germán López Torres nació un 25 de septiembre de 1940, fruto de la unión de sus padres: Germán López Ramos y Aquilina Torres Machado. Primero estuvo dos años en el Cerro Portazgo, un cortijo y, posteriormente, se marchó a una casa en la calle El Barro —hoy calle Rosales— ya de Arroyo del Ojanco. Germán López es una persona que su única enseñanza ha sido la de la vida y la de calle, aunque siempre ha tenido un lema que le ha marcado en su vida: “Mi padre siempre me decía: ‘cuando tengas que cobrar algo, no metas ni una peseta de más, pero tampoco la quites’”. Esto fue cuando comenzaron a construir su casa y ahí hizo su primer trabajo. A los 10 años, era peón con su padre y este, en esa misma casa, decidió montar una tienda de ultramarinos: “Ahí aprendí un poco de la obra. En la tienda se dejaba entonces mucho ‘fiao’”. A partir de ahí, entre las muchas cosas que llegó a hacer, fue el Curso de Relojería de Bilbao, por correspondencia. Pero Germán López pronto, a los 16 años, tuvo que hacer frente a un revés importante de la vida como fue la pérdida de su padre. A partir de ahí, tenía a su madre y su hermano Pedro —que era cuatro años mayor que él—, pero que se fue a la mili en Rota. Germán López dejó la tienda y, posteriormente, pasó a hacer sus pinitos en una actividad económica y cultural que en aquellos años de posguerra estaba en crecimiento: el cine. A través del cinematón tuvo su primer contacto con Francisco Frías Aragón, puesto que él, junto con el practicante y el de Correos, tenían un cine de verano. Este último vendía su parte, entonces López Torres tuvo que hacer, en cierta medida, un apaño: “Vendía su parte por 175.000 pesetas. Hablé con mi madre que tenía unas 200 olivas heredadas y con eso compré yo su parte”.

Germán López, empresario: “Estuve en la comisión por la independencia de Arroyo del Ojanco”

Estuvo un tiempo hasta que, como todo en la vida, hay costumbres que empiezan a decaer con el paso del tiempo. El cine de verano no fue ajeno a esa tendencia, sobre todo con la irrupción de la televisión: “Vendí mi parte por lo que me costó a un heredero de Villanueva del Arzobispo”. Germán López cerró otra etapa y después inició otra. Rápidamente, y gracias a la intermediación del cura de Arroyo del Ojanco, pudo entrar a trabajar en la construcción del pantano del Guadalmena. Su misión era aplicar el cemento a los encofrados, aunque debió hacer un parón porque emigró a Zaragoza, a la Pensión Benedí del número 93 de la calle Predicadores. Su primer trabajo lo recuerda como la mañana más larga de su vida: “Yo dije directamente que era oficial de segunda. Estuve toda una mañana en andamios colgados, estuve un día y ya dije de no volver más”. Permaneció en la ciudad maña haciendo diferentes trabajos unos meses, hasta que regresó a su pueblo con el poco dinero que tenía ahorrado para emprender una nueva aventura: la construcción del pantano del Guadalmena. Primero, estuvo trabajando aplicando el cemento en el encofrado de la estructura y, posteriormente, lo pasaron a grúa: “Allí sacaban las vagonetas para hacer el destierro del muro y hacer así el hormigón del cimiento, que era de 23 o 27 metros”. Ya, en 1960, tuvo que cumplir con el servicio militar en Ceuta. “Estuve durante la instrucción en los barracones, hasta que a las dos semanas llegó un brigada preguntando por alguien que supiera escribir a máquina. Me asomé y me llevó a su despacho. Yo tenía una velocidad de 280 teclazos por minuto con una Hispano-Olivetti. Cuando me vio, me dijo directamente que me bajara del barracón y que durmiera allí”.

“Estuve durante la instrucción en los barracones, hasta que a las dos semanas llegó un brigada preguntando por alguien que supiera escribir a máquina. Me asomé y me llevó a su despacho. Yo tenía una velocidad de 280 teclazos por minuto con una Hispano-Olivetti. Cuando me vio, me dijo directamente que me bajara del barracón y que durmiera en su despacho”

En la ciudad ceutí pasó 16 meses y cuando regresó a Arroyo del Ojanco ya tenía en mente la que sería la actividad empresarial que marcaría el resto de su vida: conductor de autobús. En aquellos tiempos, hasta los 23 años no se podía obtener el carnet de Primera, “entonces yo me lo saqué, pagando, en Ceuta, además de llevar regalos para toda la familia”. Antes, a sus 20 años, sufrió la pérdida de su madre después de que tuvieran que vender su casa por 300.000 pesetas: 100.000 para comprar la vivienda de enfrente y, las otras 200.000, para el tratamiento de su madre: “La operaron en Úbeda y tuve una anécdota con el médico, Julio Corzo. Escribió una carta y cuando volví para pagarle me dijo que solamente eran 3.000 pesetas”.

“Después de seis o siete años, desde que inauguré el hotel Arroyo, se lo vendí a los empleados. Me fui quitando cosas y me jubilé en 2005, el día que cumplí 65 años. Estuve en la comisión por la independenciade Arroyo del Ojanco”

Pasaron los años y, tras trabajar de nuevo en el pantano, llegó un día histórico para él, el 24 de abril de 1964. En esa fecha matriculó la furgoneta que supondría después el nacimiento de Autocares Germán: “Con esa primera furgoneta me fui a Beas de Segura y saqué después otro viaje a Prados de Armijo, de 10 viajeros. Les cobré 250 pesetas a cada uno. Luego; otro grupo a Benicassim, 3.000 pesetas, y por último, otro viaje de 10 personas a Torroella de Montgrí, en Gerona, que me pagaron cada uno 5.000 pesetas”. Y recuerda aún la anécdota con la que sería su esposa, Julia Ramírez Blanco. “Me presenté con un fajo de billetes y le dije, a la que era aún mi novia, que gané en tres días más que en toda mi vida”. En 1965 se casó con ella, siendo su padrino el mencionado Francisco Frías Aragón, por su enorme amistad. Y en 1966 montó, con José Ramón Sánchez como socio, la empresa Germán Autocares. Esta compañía llegó a tener hasta 10 autobuses en las naves que había detrás del surtidor. Tras nueve años de socio, en 1973, José Ramón le dio dinero a Germán para comprar dicho surtidor: “Lo hice a cambio de un negocio en Córdoba. Aboné 850.000 pesetas más los dos locales de Córdoba”.

Germán López, empresario: “Estuve en la comisión por la independencia de Arroyo del Ojanco”

Todo iba bien, López Torres hacía dos viajes en semana a la Costa Brava con el autobús, hasta que un 19 de marzo de 1985 cambió su vida. Un vehículo marca Man, con sólo siete meses de actividad, llevaba a personal sanitario del hospital madrileño de La Paz a un congreso en Lisboa. Pero este autobús chocó con un camión con remolque y hubo 18 muertos y 40 heridos. Este trágico siniestro supuso un antes y un después en cuanto a la protección de los conductores de autobuses, los propios vehículos y los seguros de los viajeros, con aquellas míticas “cartas verdes”: “Pagué la pérdida del autobús, me hice responsable subsidiario del conductor, Ignacio Jiménez Sandoval, y me defendió el abogado de Agapimel, Juan Antonio Millán. Recibí notificaciones hasta hace diez años”. En 1985, para hacer frente al préstamo que pidió, vendió el surtidor a Campsa —ahora Repsol— por 24 millones de pesetas. Pero ya tenía el siguiente paso pensado: el Hotel Arroyo. Lo inauguró el 22 de septiembre de 1992. “Después de seis o siete años, se lo vendí a los empleados”. A partir de ahí, como confiesa, ya quería tener una vida más tranquila: “Poco a poco, me fui quitando cosas y, exactamente, el 25 de septiembre de 2005, me jubilé con 65 años”.

En ese momento compró una finca en El Ojuelo y pudo disfrutar del que fue su segundo amor, Paquita, hasta que falleció el pasado agosto por un cáncer. Ahora disfruta de la paz que le reporta un pueblo serrano como es Arroyo del Ojanco. Gran ejemplo de vida.

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