Con gafas y un reloj de pulsera

02 abr 2026 / 09:34 H.

Habrían de pasar décadas para que una muchacha de Valdepeñas de Jaén se plantara en la Redacción dispuesta a mirar el mundo a través de esas gafas que vencían su timidez. Llegó con la firme convicción de aprovechar el tiempo que corría al ritmo de las agujas de aquel reloj que cogió prestado para causar buena impresión, la de una redactora con orden, organizada, persistente como el tic tac que latía abrochado en su muñeca. Hasta le temblaban las piernas cuando franqueó la puerta principal del edificio corporativo en Los Olivares y, vencido el temor de tropezar en las escaleras que dan acceso a la primera planta, sintió que acababa de aterrizar en la Luna.

Cuando el almanaque marcaba la efeméride, el 1 de abril de 1941, nada sabía de la historia de Diario JAÉN, recién nacido con su primer número en la calle. Aquel año se estrenaba el quiosco de bebidas del parque de La Victoria. No podía tener otro nombre. La autoridad competente había decretado el fin del racionamiento de los chocolates elaborados y causaban furor en la provincia los cursos de Corte y Confección para las alumnas del Bachillerato. Salvador Gallo Aguilera presidía la Diputación y era alcalde Jesús de la Cuesta y Cortés. En el teatro Cervantes, ¡ay!, se repuso “La del manojo de rosas” mientras el Ayuntamiento anunciaba el concurso para construir y explotar la estación de autobuses de la capital. Quiso también la Providencia que regresara a Santa Clara el Santísimo Cristo del Bambú, localizado en un monasterio a las afueras de Barcelona. Y las campanas de la catedral, descolgadas en la Guerra Civil con la intención de construir cañones con su fundición, sonaron de nuevo tras más de seis años de torres mudas. Costaba entonces el periódico 25 céntimos y una barra de pan, quién la pillara en los años del hambre, dos pesetas y media.

Nada supo entonces de aquel contexto en el que las llamadas fuerzas vivas tuvieron que mover influencias, siempre influencias, en Madrid para conseguir poner en marcha un periódico cuya primera sede fue el noble Palacio de los Condes de Corbull, a tono con el espíritu y letra de la época. Hoy acoge una residencia de mayores. La primera portada de aquel periódico, naturalmente, la ocupaba una gran foto del Caudillo. Exhalaba, el periódico, sus simpatías por el régimen nazi y glosaba sus proezas militares con el permanente hundimiento de barcos enemigos. Así se hizo acreedor del mote de “El Trepabuques”. Hoy asumido y reinventado con brocha gorda humorística por la Redacción.

Aquella muchacha supo después, pudo leerlas, que sus páginas eran tan pobres como el pueblo de aquellos tiempos. También de difícil lectura y comprensión, con contenido y continente ajenos a la realidad de la provincia y, sin embargo, con la mirada fija en ella. Atravesada o no, así era. El mismo año que aquella jovencita de Valdepeñas de Jaén hizo la Primera Comunión, en 1984, Diario JAÉN, que ya había dejado atrás el baldón de periódico de la cadena del Movimiento, abandonó la estela de ese otro de la Transición: Medios de Comunicación Social del Estado. Puso rumbo a otros caladeros adoptando el nada ampuloso y sí pragmático apellido de sociedad anónima en el nombre de su editora. Tiempos modernos y democráticos.

Diez años más tarde, la empollona, porque lo era, comenzó a estudiar Periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información de Sevilla. Antes quiso ser actriz y no prosperó en anhelo. Justo un año antes de terminar aquel sueño universitario se estrenó como becaria entre la neblina del humo de los cigarros que inundaba la sala de máquinas del periódico. Ya la barra de pan costaba cincuenta pesetas y un botellín del Alcázar, el doble. Mientras observaba de reojo cómo masacraban las teclas del ordenador sus compañeros, como si no hubiera un mañana, pensaba que su misión era escribir y firmar y, aunque escribió poco y firmó menos durante su aprendizaje, pronto cayó en la cuenta de que lo que verdaderamente importa es lo que el periodista, la periodista, es capaz de contar. Lo que perdura de lo que hacemos cada veinticuatro horas no es la autoría, sino la información ligada a la fiabilidad del soporte. Lo demás queda para la familia y su regocijo. Justo el año que se fundo Google, repitió como becaria, ya más espabilada. Pese a que hubo un intento de seguir hincando codos, apostó por quedarse en Jaén y en Diario JAÉN.

Tuvo que esforzarse, sólo un ejemplo, para dejar de dirigirse al director de “usted” y, ya en faena y sin miedo a la vergüenza ajena del tropiezo de la primera vez, abrazó la fe de un oficio del que hizo su estilo de vida. El aprendizaje continúa, veintisiete años y siete meses después, en una Redacción que conserva su identidad con una encomiable capacidad de adaptación a la revolución tecnológica, en el largo tránsito de aquellas viejas galeradas, hoy piezas de museo, hasta el avanzado y complejo mundo de la digitalización. El caso es que aquella jovencita de Valdepeñas de Jaén acabó escribiendo de lo que se le puso por delante y, aunque los gritos de la profesión ensordecen, si de algo puede presumir es de mantener el tipo en la búsqueda de la verdad, sus causas y sus consecuencias, de cuanto acontece.

Periodista de calle, y de Redacción, su motivación no es otra que decirle a la gente lo que le pasa a la gente, como sentenció Eugenio Scalfari, con pasión en el uso de la palabra y convencida de que esto, la Redacción, es un trabajo en equipo y, por lo tanto, al servicio del colectivo, de la calle, de la gente de a pie. Lo mismo que duerme a pierna suelta cuando el titular queda cuadrado, se desvela cuando a la exclusiva le queda el remate. Aquella jovenzuela, además de dejar de serlo, fue redactora, jefa de Sección, redactora jefa y adjunta a la Dirección de Narrativa y emociones, dos apellidos que casan con el nombre propio de un cargo que exige, más madera, mucha narrativa y buena dosis de emociones. No fue un camino de rosas parir y criar a dos hijas, y seguir escribiendo, en la trinchera, a cara descubierta, con los zapatos puestos y los labios pintados por si salta la noticia en el momento más inesperado. Nunca está demás la compostura.

Tampoco le resultó fácil ver cómo los mirlos blancos del oficio tiraban la toalla cuando sonaba de fondo la canción más bonita del mundo y, sin embargo, había demasiado ruido para escucharla. Mantener el equilibrio, la paz social interna y una buena relación con una Dirección con el listón muy alto también tiene su miga. En la Redacción, donde se comparte un compromiso y se atisba complicidad, vio madurar a su gente, envejecer a algunos o, incluso, desfilar a otros en busca de otra vida... Ella sigue hoy en el puente de mando, cuando el tercio de cerveza roza los tres euros y todo está por las nubes por culpa de los sátrapas señores de la guerra que acaparan las noticias de Internacional y las charlas de mesa camilla. Un día, después de toda una jornada batallando por conseguir los nombres de todos los delegados que se estrenaban en el nuevo tiempo político de Juanma Moreno, hizo la croqueta en el suelo de la Redacción, literalmente, porque aquella jovencita que consiguió despojarse de las gafas a los treinta y enfrentarse al mundo con la timidez debajo del sobaco sigue con la pasión intacta de la primera vez.

La noticia, la crónica, el editorial y, sobre todo, las entrevistas porque, aunque le gusta tocar todos los palos periodísticos, el tú a tú, siempre con el debido respeto, es el género con el que disfruta en tinta sobre papel prensa. Cincuenta años va a cumplir en el año del 85 aniversario de un periódico en el que sólo le faltan las pantuflas para sentirse como en casa. Son muchos, algo más de media vida. Sin embargo, esto no es más que un punto y seguido de un texto inacabado sobre el que se cierne la seria amenaza de no vislumbrar su final. Queda tanto por hacer, queda tanto por trabajar en las exigencias que plantean los cambios tecnológicos y la sociedad atropellada por esta vorágine... Si la sociedad, piensa, quiere derrotar a las “fake news”, las grandes redes de manipulación nacidas al amparo de entornos digitales, tiene que darse cuenta de que necesita informaciones, reportajes, crónicas, trabajo profesional, y los periodistas, las periodistas, como esa jovencita en proceso de madurez, tienen que comprender que necesitan toda la tecnología de la que puedan disponer en ese camino para alcanzar la meta sin dejarse la credibilidad en el intento.

Ya no existe el teatro Cervantes, ¡ay!, y hasta los cines de La Loma murieron de inanición. Aquel parque victorioso hoy es el de La Concordia; una barra de pan cuesta algo menos que un periódico y, eso sí, las campanas de la Catedral suenan con el brío que requiere el sagrado y hermoso templo. Diario JAÉN vive para contarlo y aquella jovencita de Valdepeñas de Jaén tiene el honor de aportar su destajo en esta cuadrilla que derrocha esfuerzo, creatividad, compromiso y oficio, de los de antes y de los de ahora. Su legado, en cualquier caso, será una firma en la hemeroteca, seguramente olvidada con el paso del tiempo, pero una firma honrada, trabajada, con acento de mujer.