Mares y desiertos; convertidos en vertederos

    21 ene 2026 / 08:29 H.
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    Todos los cauces van al mar, pero el mar está desbordado de contextos mundanos en sus fondos marinos. Sólo hay que adentrarse en sus interiores para observarlo y vivirlo. Tantas veces olvidamos que el lecho marino es un medio viviente, no un basurero desértico, que demanda el esfuerzo de todos por garantizar la salud de los ecosistemas oceánicos durante las próximas décadas. Esta situación es horrorosa; puesto que estamos para dar vida, no para restarla, y la mayor parte del espacio habitable del planeta se encuentra bajo el agua. Deberíamos, por consiguiente, activar una ética gobernanza oceánica inclusiva, para que su gestión se haga de manera sostenible en beneficio de la humanidad en su conjunto, de modo que la prosperidad y la protección vayan de la mano.

    Si para aprender a meditar no hay como viajar por mar y desiertos, que nos harán despertar, ya no sólo de nuestro espíritu contaminante, también de la pasividad hacia las rutas migratorias, que, para muchas, demasiadas personas, son mortales. Ciertamente, la humanidad se ha deshumanizado por completo. De lo contrario, extenderíamos nuestro abrazo hacia esas gentes que piden auxilio, como tampoco es natural, que no salvaguardemos las aguas internacionales en un mundo globalizado donde, tanto el afecto como el efecto, son colectivos. Desde luego, debe existir un control sobre la actividad en alta mar, como también debe cohabitar una asistencia humanitaria, al menos para que los mares no se conviertan en cementerios de migrantes o en simples autopistas para el comercio. Hoy más que nunca, necesitamos dar vida, donar aliento y acompañar, ante el clamor injusto que nos lanzamos unos contra otros, como auténticos leones sin corazón. El egoísmo nos sobrepasa. Por ello, seguro que nos hará bien, pensar en ello: en esos mares y desiertos mortíferos que nos dejan sin palabras. Al igual que hay que facilitar el refugio a quienes huyen de la guerra, de la violencia, de la persecución y de tantas calamidades; de igual forma, tenemos que tomarnos en serio, el apoyo hacia una contribución vital, para abordar la llamada triple crisis planetaria del cambio climático, la pérdida de la biodiversidad y la contaminación. En consecuencia, dejemos de ser agentes corruptos y pasemos a ser ciudadanos de bien. Será un buen plan, sin duda.

    Uno debe ser responsable de los propios actos, por ejemplo cuando contamina o no auxilia a su análogo. Vivimos en la confusión permanente, y todo por no hacer un alto en el camino, para repensar nuestras propias actuaciones vivientes. Nos hartamos de viajar; y, sin embargo, no tenemos tiempo para explorarnos internamente. Así, vamos por sendas de iniquidad y perdición, por océanos furiosos debido a nuestra irresponsabilidad; obviando que nuestra masa de agua es el fundamento de nuestra existencia. Ojalá se acreciente esa humanidad, que hace todo lo posible por no viciarse. Dejarse contagiar por la malvada cultura de la indiferencia y el descarte, es todo un despropósito. Reconsideremos la situación, cada mañana, ya que cada día puede ser el último.

    La pulsación contemplativa es, realmente, la verdadera humanización. Sea como fuere, en un mundo corrompido globalmente, dividido y desgarrado por muchos conflictos, hundido en un piélago de miserias, lo sensato es comprometerse a trabajar honestamente en unión y en unidad; con un solo amor, el verdadero; y, con una sola pasión, el desprendimiento, para hermanarse. Quizás tengamos que tomar otro espíritu, también el de servicio, nunca el poder sin más, que nos atrofia y nos impide armonizar los corazones y las mentes. Vengan, pues, las olas del cambio a hacerse realidad. Ahora es nuestra responsabilidad colectiva impulsarlas, por la ciudadanía, por nuestro planeta y las generaciones futuras. Rehacerse como familia, es la verdadera prueba: ¡Vivir el calor de hogar!

    VÍCTOR CÓRCOBA HERRERO / JAÉN

    El único que escucha

    Era otoño. Las hojas comenzaban a caer de los árboles, como atraídas por un imán irresistible, y revoloteaban al aire al son del viento. En un pueblecito habitado por hombres y mujeres de avanzada edad, don Nicolás arrastraba del brazo a Félix, un ser pequeño, frágil y gruñón. Caminaban con ligereza, sin rumbo, por las estrechas calles. Los pies de Félix no tocaban el suelo; parecían de trapo. Él solo escuchaba el revoloteo de las hojas, el golpe del bastón y el murmullo de la gente como si fuera una chirigota lejana. Con tanto caminar, llegaron al parque. El sol ya apretaba con fuerza a pesar del frescor de los primeros días otoñales. don Nicolás buscó directamente un banco; se sentaron a descansar y a contemplar el paisaje de tonalidades variadas que pasaban del naranja al marrón.

    —Félix, quédate aquí, quieto, sin moverte —le decía, mirándolo con cariño.

    Uno hablaba y hablaba sin parar, mientras que el otro lo escuchaba en silencio, sin reprocharle nada. Félix no se sentía solo mientras recibía el calor de la mano de don Nicolás sobre su rodilla de lana. Al rato, empezó a llover torrencialmente. Nicolás intentó correr para refugiarse pero, por su avanzada edad, tropezó. Félix cayó a un charco. Alguien se acercó a ayudar a Nicolás y le dijo:

    —Señor, deje ese muñeco viejo, está todo mojado. Le compraremos otro.

    Nicolás abrazó al peluche empapado y respondió:

    —Él no es un muñeco; él es el único que todavía me escucha como si yo fuera joven.

    ANA CACHINERO / JAÉN

    Duelo a garrotazos

    Una de las más famosas pinturas negras de Goya es “Duelo a garrotazos” en la que vemos a dos hombres peleando con saña en un campo baldío. El accidente ferroviario sucedido en Adamuz nos ha estremecido; la mente se niega a dar crédito a imágenes parecen salidas de una película o de IA. El horror al constatar tantos compatriotas fallecidos y heridos se suma a la incertidumbre de los familiares implorando saber algo a ciencia cierta, aunque la noticia fuera la más atroz. ¿Nos imaginamos llamando insistentemente a un ser querido que viajara allí mientras una garra nos rastrilla el estómago y que nadie conteste? Las primeras horas, días, deben dedicarse en exclusiva a socorrer, consolar y por supuesto a indagar para averiguar cuál fue el motivo que desencadenó la tragedia. Resulta indecente oír a tertulianos sabelotodo, esgrimiendo un espíritu cainita, ninguneando a las víctimas y su dolor, al igual que sucedió en Valencia, vomitando invectivas. La prioridad, obsesiva, debe ceñirse al ámbito sanitario y emocional amén de las cuestiones técnicas. Respecto a los políticos, es en el Congreso de los Diputados donde deben dirimir las necesidades que acucian al pueblo y no en las redes sociales, transmutadas en un duelo a garrotazos. Llueve sobre mojado y no parece que vaya a escampar.

    FRANCISCO JAVIER SÁENZ MARTÍNEZ

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