¿Guerra mundial?

    23 ene 2026 / 08:33 H.
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    Vivimos inmersos en una guerra mundial silenciosa, distinta a las tradicionales de armas, muertes y destrucción física. Esta se libra en el terreno del paro juvenil rampante y el colapso de la natalidad, que erosionan las bases de nuestras sociedades. En España, la tasa de desempleo entre menores de 25 años supera el 23,5%, casi el doble de la media europea del 14-15%, dejando a generaciones enteras sin perspectivas de futuro estable. Esta precariedad laboral ahuyenta la formación de familias, con solo 155.635 nacimientos en el primer semestre de 2025, cifras en mínimos históricos y superadas por las defunciones.

    La segunda mitad del siglo pasado, con su auge económico sostenido y tasas de natalidad elevadas, resultó un mero espejismo frente a la cruda realidad actual. Aquel período de prosperidad demográfica y crecimiento se desmorona ahora ante el estancamiento poblacional y la inestabilidad laboral estructural, que impiden replicar aquel modelo. China publica sus datos de 2025 como aviso global: paro juvenil por encima del 15% pese a crecimiento económico, unido a solo 7,92 millones de nacimientos (-17% vs 2024), tasa de 5,63 por mil habitantes, mínimo desde 1949 y cuarto año de declive poblacional. Con 3,39 millones de habitantes menos en un país de 1.400 millones, evidencia el fracaso de incentivos de fomento de la natalidad ante presiones económicas similares a las europeas.

    El calentamiento global acelera el deshielo polar, poniendo en jaque nuestro modelo de vida. El hielo ártico registró en 2025 su máximo anual más bajo: 14,33 millones de kilómetros, 1,31 millones menos que la media. En Antártida, proyecciones alertan de inundaciones costeras para mil millones de personas hacia 2060; entre ellos la costa mediterránea. Mientras en foros como el de Davos, el diálogo que se espera ¿abordarán estas nuevas armas de destrucción?

    PEDRO MARÍN USÓN / ZARAGOZA

    No castiguen a Irán, ni a Groenlandia, sino a estos ayatolás

    El pueblo iraní ha demostrado un coraje y determinación superior, y siguen protestando a pesar de miles de muertos, asesinados por los terroristas del Estado liderados por ayatolás dementes. Como dijo Friedrich Merz, “Cuando un régimen sólo puede mantenerse en el poder a través de la violencia, entonces está efectivamente acabado”. Los sistemas autoritarios se basan en la coerción, y en el miedo que es un mecanismo adaptativo que nos alerta del peligro, pero se vuelve muy contraproducente si no se desactiva con razón y coraje, y da origen a una reacción primitiva: la violencia. Como al pueblo iraní lo asiste la razón y la verdad, está venciendo ese miedo, por el contrario, el régimen terrorista apela a la violencia. Y, para esconder esta violencia, produjeron un apagón informativo —incluido el corte de internet— de modo que los sectores más duros de los servicios de “seguridad” puedan lanzar una represión sangrienta.

    Obviamente, el uso de Starlink en Irán está prohibido, de ahí que contar con el equipamiento necesario y su uso sea ilegal. A pesar de ello, en plena revuelta, su despliegue era más amplio que en episodios previos de manifestaciones y apagones en el país. Y este tipo de cosas debe facilitar Occidente a los iraníes. Entretanto, Trump estudia maniobras como ciberataques contra instalaciones militares y civiles y opciones como bombardear el país o una operación más específica contra sus líderes, lo que decapitaría al régimen y ofrecería a los EE UU la oportunidad de negociar con los remanentes de la República Islámica. Respecto de esta última opción, y lamento decirlo, los recientes episodios en Caracas muestran que capturar o matar a unos pocos líderes no cambia el régimen completamente. El heredero del Sha, Reza Pahlavi, viene demostrando una posición moderada y realista, pero, insisto en una intervención al estilo Venezuela el heredero terminaría como Corina Machado, viendo, al margen, la continuación —“moderada” para la propaganda— del régimen chavista.

    Una intervención militar más amplia podría provocar el deceso de muchos civiles y exacerbar la región —de hecho, otros países árabes ya lo han advertido— y provocar una respuesta militar iraní que pueda ser excusa para una mayor masacre de sus ciudadanos. Como preludio, Trump decidió aumentar los aranceles contra los países que continúan comerciando con Irán, hasta en 25%. Pero estas sanciones, al igual que las que ya estaban vigentes por parte de otros países, van a empeorar la situación económica del país, afectando aún más a los ciudadanos comunes, que ya sufren el impacto de las sanciones y su implementación por parte del corrupto régimen islámico. Por el contrario, Trump debería dejar de distraer al mundo con su capricho sobre Groenlandia —y respetar la propiedad privada y libertad de sus ciudadanos, que ellos decidan su futuro— y los países occidentales deberían esforzarse por facilitar —liberar— al máximo posible las relaciones de los ciudadanos comunes de Irán con el resto del planeta, porque esto les permitiría reforzarse, contactarse y difundir más información.

    Útiles son las acciones como las que adelantó el secretario del Tesoro de los EE UU, que afirmó que están monitoreando la fuerte salida de fondos pertenecientes a la dirigencia islámica, y aseguró que los bloquearan. Y el mundo entero debería cerrar las embajadas y toda oficina del Estado iraní, no tiene sentido dialogar con dementes. Finalmente, Occidente debe dejar de apoyar a la tiranía saudí, sin dudas el mayor promotor global del fanatismo islámico. Y, por cierto, la humanidad tiene que repensar el concepto de Estado y democracia, no es posible que dementes como Hitler, Stalin y estos ayatolás, ganen elecciones o no, obtengan el mando de fuerzas armadas y policiales —estatales— con las que luego reprimen salvajemente a sus ciudadanos y, para colmo de las ironías, lo hacen de manera “legal”, si hasta realizan farsas judiciales.

    ALEJANDRO A. TAGLIAVINI

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